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Literatura: Don Acuña, la guerra, un cura y un Vía Crucis por la paz

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Frans DevosCada uno de su lugar, con sensaciones diferentes, Don Acuña y el pibe recuerdan y se cuentan cómo (sobre)vivieron al frío y oscuro abril de 1982. Voces, imágenes y sensaciones difíciles de olvidar, coinciden los dos. Otro relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

-Estamos en abril, Don Acuña, a qué le remite, -dice el pibe sin mirarlo a Acuña y con un gesto llama al mozo para pedirle que les traiga dos cortados en jarrito.

Don Acuña con paciencia contesta: -Supongo que lo mismo que a vos, pibe, si bien sos más joven, pero me remite a muchas cosas personales, entre ellas una que nos afectó a muchos, que es la guerra en Malvinas en el 82.

-Vos, sabés pibe, yo en esos días andaba bastante bajón y me peleaba con todos los patrioteros, supuestos defensores de la patria, que alucinaban con la trasnochada idea  de que un dictador mandara a muchos jóvenes sin preparación a una situación despiadada. Cualquier guerra es tremenda, mucho más en la situación que vivía el país en ese momento y reivindico la lucha de los veteranos y la causa diplomática de que las Islas son Argentinas, pero no puedo estar a favor de la guerra y menos generada por una dictadura.

Por eso andaba triste, buscando alguien con quien compartir  todos mis pensamientos y no ponerme en peligro además. Encontré a un cura, si, si, pibe, un cura, el tipo había sido tercermundista, era extranjero pero hacía muchos años que vivía en el país y había revolucionado algunos aspectos de la Iglesia con sus ideas, era un referente, muy cuidadoso. Charlé con él, dos o tres días seguidos, el último día me regalo algo que había escrito y publicado en forma muy rudimentaria, era un Via Crucis, lo que se reza en la Cuaresma, antes de la Pascua, recordando el camino de Cristo con la Cruz hasta el momento en que lo crucifican, bien, eso se reza con diferentes estaciones, momentos o paradas recordando las paradas del mismo Cristo y su correlato con nuestros días. Este cura hizo lo único que podía hacer, escribió un Via Crucis que justamente se llamaba el camino de la cruz donde reflexionaba en cada estación o capítulo  sobre lo absurdo de la guerra, convirtiendo ese cuadernillo de oración en cuaresma en un alegato en contra de la guerra, en el mismo lugar; estamos hablando de Lomas de Zamora, en que su Obispo había ido a bendecir armas a Malvinas. Este cura me mirò y me dijo Acuña, rezálo, si querés, sino leelo nomás, es lo único por ahora que puedo hacer.

Y para mí fue mucho pibe, vos sabès que yo con los curas, ni de lejos, pero este hombre me conmovió y todavía tengo el Via crucis y cada abril le pego una hojeada.

¿Y vos pibe que recuerdos tenés?

-Muchos Acuña, – contesta el pibe, -pero uno que me viene dando vueltas por el bocho en estos días es que meses después de la guerra cuando la dictadura daba su  último aliento, nos vino a visitar al colegio, estábamos en el secundario, un ex alumno que había estado en Malvinas combatiendo. Eso de nos vino a visitar es una forma un poco zonza de decir que lo trajeron, pero todavía no me puedo explicar la razón de esa visita o esa charla o esa exposición de ese pobre muchacho frente a nosotros.

Nuestro curso era bastante rebelde y revoltoso, pero ante la presencia del ex combatiente nos quedamos en silencio absoluto, un silencio casi mortal de miedo y sorpresa, nos encontrábamos con lo que nos contaban. Con la cara de un muchacho que en sus ojos se intuían las sombras del terror, los campos minados, el océano, el frio de la muerte, y los compañeros que ya no están.

No me acuerdo que contó, no se habló  de los chocolates que mandábamos con cartas y después se encontraban a la venta en kioscos; no, nada de eso, él habló, poco, no puedo recordar de qué, se notaba fatigosamente presente, como si alguien lo hubiera convencido de que estar ahí era importante para nosotros, para nosotros fue de alto impacto, pero no sé qué grado de importancia tenía exponer a este muchacho a las miradas ingenuas y pedantes de nuestro grupo, que lo único que supimos hacer fue sorprendernos. La inmensa tristeza que cargaba en el andar y en el rostro ese ya veterano de guerra, tan joven, tan preciosamente joven, no lo voy a olvidar nunca, Acuña.

Pablo Pallás.


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