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La esposa del ruso asesinado en Escalada exige justicia: en la causa no hay detenidos

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Iarik nació el 22 de enero en el Sanatorio Itoiz, de Avellaneda. Por 15 días, Eugenio Sipatov, su papá, no llegó a conocerlo: el hombre, de 40 años, ruso de nacimiento y argentino por adopción, fue asesinado por motochorros que lo asaltaron en la puerta de su casa, en Remedios de Escalada.

Iarik tiene una mamá: Vladyslava -o Vlada, como la llaman amigos y familiares- Sukhovyeyeva, de 39 años, ucraniana de origen, que eligió formar una familia en la Argentina y encabeza hoy el pedido de justicia por el crimen de su esposo, ocurrido el 7 de enero. Los asesinos están libres: la Justicia liberó a los dos menores de edad que habrían participado del ataque, no hay noticias sobre otros dos sospechosos mayores y el caso no tiene detenidos.

“Iarik me da fuerzas. Si intento estar bien, es por él. ¿Sabés que no lo veo parecido ni al papá ni a mí? Lo veo más parecido a la abuela de Eugenio”, comenta Vlada a TN. Vira murió la semana pasada, a los 79 años: sufría una enfermedad pulmonar y su cuadro se había agravado desde el crimen de su nieto. Su historia impacta: en 2001, cuando recién había llegado de Ucrania, su hijo fue asesinado a golpes por delincuentes que quisieron robarle: murió de una hemorragia cerebral. “Tuvo que enterrar al hilo y al nieto. Cuando pasó lo de Eugenio, fue empeorando. La internaron, tenía agua en los pulmones y quisieron operarla, pero no resistió”, detalla.

Vlada sigue viviendo en la misma casa de la calle Monseñor Hladnik -entre Balcarce y San Vladimiro- que Eugenio levantó con sus propias manos. Si irse del país no es una opción, menos lo es un regreso a Ucrania. “Ya no me queda nada allá. Mis familiares y amigos los tengo acá. Y hay una guerra, ¿no?”, dice, y sigue: “Por un lado, vivir acá ya me da medio. Siento que no puedo salir con el cochecito a pasear a mi bebé porque me da terror. Por el otro, amo esta casa, porque es la casa que Eugenio construyó para nosotros”.

Invadida por la emoción, Vlada proyecta un momento que -lo sabe- algún día llegará. “No sé cómo le diré más adelante a Iarik lo que ocurrió con Eugenio, pero quiero que él sepa que esta casa la hizo su papá para él. Mi esposo colocó cada ladrillo, cada ventana. Hizo la electricidad, la plomería. Todo lo hizo él. Y yo quiero que Iarik sepa todo eso”, retrata.

Entre la maternidad y el duelo, su trabajo en un taller textil independiente entró en un paréntesis. “Mi mamá se vino a vivir conmigo. Alquilaba acá a ocho cuadras, pero desde lo que pasó ya no quiere que esté sola. Igual, no lo estoy: la tengo a ella y tengo amigos. Eugenio era muy atento con sus amigos, siempre los ayudaba. Y hoy ellos me ayudan a mí”, cuenta.

El amor entre Eugenio y Vlada nació en una fábrica de pantalones donde él era cortador y ella, costurera: “Anteriormente, él había trabajado en una metalúrgica con mi hermano. Con el tiempo empezó en la fábrica de pantalones y me llevó. Trabajamos 16 años juntos”.

Hasta el día del crimen, Eugenio era programador informático y se desempeñaba en el mercado financiero de las criptomonedas. Había nacido en Krasnodon, una ciudad minera al sudeste de Ucrania que forma parte de la región separatista Lugansk, una de las cuatro regiones ucranianas ocupadas y anexadas -a partir de 2014- como territorio de Rusia. “Él se sentía ruso”, menciona Vlada.

Eugenio se afincó en la Argentina en 1999 y vivió en Berazategui y en Lanús, donde hay una numerosa comunidad de rusos y ucranianos. Vlada siguió un camino similar: llegó al país a los 14 años y cursó en la zona Sur del conurbano bonaerense a partir del noveno grado de la escuela primaria.

Hace 10 años, Eugenio había comprado junto a Vlada un terreno en Remedios de Escalada. Allí levantó su casa y aquel 7 de enero, hace dos meses, estaba en la puerta tomándose un recreo: una charla con un amigo.

Eugenio vio venir a los motochorros -eran cuatro y se movilizaban en dos motos-, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Su amigo consiguió escapar. Él no: recibió un disparo en el pecho y los delincuentes huyeron sin robar nada. La víctima quedó tendida en el suelo y todavía sostenía su

“Yo estaba adentro de casa. Vi los videos después. No sé si él se habrá negado a entregar el celular. En las imágenes no se ve que se haya resistido”, acota Vlada.

Eugenio murió camino al hospital. Anteriormente había sido víctima de otro hecho inseguridad: en 2020, durante la cuarentena por la pandemia de covid-19, ladrones armados le robaron el auto. Aquella vez escaparon con el botín sin disparar.

La UFI N°7 del Departamento Judicial Avellaneda-Lanús, a cargo de la fiscal Silvia Bussano, intervino inicialmente en el crimen de Sipatov. Al acreditar que dos menores de edad estaban involucrados en el hecho, declaró la incompetencia y la investigación recayó en la Fiscalía N° 6 de Lomas de Zamora.

“Habían agarrado al que supuestamente disparó y después lo liberaron por falta de pruebas. Y con un cómplice pasó lo mismo. De los mayores que estaban en la otra moto tampoco se sabe nada”, detalla Vlada respecto de la medida dispuesta por el Juzgado de Garantías N°3 en relación a los sospechosos.

Vlada pide justicia y lanza una súplica: “Quiero que se investigue, que no abandonen la búsqueda. Que los atrapen y, luego, los juzguen. La fiscalía y la Policía tienen comprobado que son parte de una banda que robaba autos y motos. No pueden estar libres. Si los agarran y los jueces los sueltan, el sistema está fallando”.


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