Opinión: Desde Unidos y Organizados recordamos a Néstor Kirchner, a 18 años del inicio del proyecto nacional y popular

Por Claudio Morell (*) Después de los siete años de horror que vivió la Argentina con la última dictadura militar, empresarial y religiosa, volvíamos el 10 de diciembre de 1983 a ganar un gobierno democrático, con esperanzas, sueños y proyectos renovados que militamos durante aquel tiempo de oscuridad. No hubo avances económicos y políticos significativos en el período de Raúl Alfonsín, y como en todos los procesos democráticos, la derecha hizo tambalear al gobierno, en este caso con un intento de golpe de estado. A pesar del Juicio a las Juntas Militares, aprobaron las leyes de Obediencia de Vida y de Punto Final, y a pesar del Programa Alimentario Nacional (PAN), reinaba la hiperinflación y las familias más humildes se hundían en la pobreza.

 

Con el adelantamiento de las elecciones presidenciales, Carlos Menem ganó y traicionó toda su propuesta electoral, en la que prometía salariazo, revolución productiva y nos aseguraba que nunca nos defraudaría. Pero nos defraudó, y de la mano de un gobierno corrupto como pocos hemos conocido, llevó a la Argentina al clientelismo, la banalización de la política y lo peor del neoliberalismo. Fueron años de fiesta para pocos y de fuerte resistencia para muchos: los docentes en la Carpa Blanca, los jubilados junto a Norma Plá, los sindicatos y organizaciones sociales en múltiples marchas, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo contra el indulto a los genocidas.

 

Harta ya de tanta miseria, la ciudadanía volvió a optar por un gobierno que simulaba progresismo y cambio, y sin embargo, Fernando de la Rúa se convirtió en uno de los presidentes más entregadores, de relación tan carnal con el Fondo Monetario Internacional como lo fue Menem. Desde 1999 la Alianza multiplicó el desempleo, la miseria, el hambre, la desnutrición, las familias enteras revolvían basurales. Hubo corralito financiero, piquetes, saqueos, represión policial feroz y una de las crisis económicas y políticas más graves de nuestra historia, que el 19 y 20 de diciembre de 2001 derivaron en la lucha popular, en estallido social y la huida en helicóptero de uno de los peores presidentes de la Argentina.

 

Después, hubo varios presidentes, hasta que en enero de 2002 finalmente la Asamblea Legislativa eligió como interino a Eduardo Duhalde, que cuatro meses y medio después se convirtió en el principal responsable de la represión de los piquetes en Puente Pueyrredón, cuando una multitud empobrecida reclamaba alimentos para los comedores, trabajo, aumento salarial y otros derechos arrebatados. Allí, la Policía asesinó a sangre fría a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, dos jóvenes que pasaron a la inmortalidad a través de la lucha popular. No era la crisis la que había causado dos nuevas muertes, como titulaba Clarín.

 

Con esta vergüenza nacional en el haber de Duhalde, el adelantamiento de las elecciones fue el comienzo de una gran victoria. A pesar de que resonaba fuerte la consigna “que se vayan todos”, un faro empezaba a encenderse poco a poco. Carlos Menem se retiró de la jugada y el compañero Néstor Kirchner ganó las elecciones con apenas el 22 por ciento de los votos y una pobreza e indigencia que superaba el 50 por ciento. Un conflicto político que jamás hubiéramos podido imaginar.

 

Los números lo confirmaban: ya muy pocos argentinos y argentinas mantenían la esperanza de la llegada de un gobierno por y para el pueblo. Es que nos habíamos acostumbrado a ser las sobras de la derecha. Pero hoy, 18 años después, podemos abrazar aquel pedazo de historia como si fuera una revolución, porque nos sorprendió.

 

El faro ya se había encendido y podíamos ver más allá del 25 de mayo de 2003, cuando el Flaco nos desafió: “Vengo a proponerles un sueño”, nos dijo, y nos enamoró. Hacia allá fuimos, para juntar los pedacitos de una esperanza que después fue paradigma político, social y económico materializado.

 

Con sus acciones como Presidente y compañero, volvimos a creer en la política, nos recordó que, a fuerza de militancia, nunca más debemos aceptar que una minoría rica nos obligue a vivir en la miseria, porque el problema de la Argentina no está en la riqueza de nuestros alimentos y recursos naturales, sino en las oportunidades que tenemos como pueblo para acceder a ellos equitativamente.

 

Él nos enseñó que se puede vivir mejor, que no todo es lo mismo, que el pueblo argentino acompaña y defiende a los y las referentes que se comprometen con el futuro de la Patria, a aquellos que transforman la palabra en sueño, y el sueño en realidad. Y ese sueño también fue el de Latinoamérica, junto a los compañeros Hugo Chávez, Evo Morales, Lula Da Silva, Pepe Mujica, Rafael Correa, Fernando Lugo, que nos demostraron que se pudo y se puede construir una sociedad con más igualdad, desarrollo y justa distribución de la riqueza.

 

Cristina Fernández fue la continuidad de esa propuesta, y junto a ella seguíamos conquistando derechos, como la Ley de Medios Audiovisuales. Y a pesar de la furia oligarca a la que tuvo que enfrentarse en 2008 cuando la Mesa de Enlace, los medios hegemónicos, la oposición y la traición del radical Julio Cobos impidieron la aprobación de la ley de retenciones a la soja, ella se mantuvo firme en sus principios. Fue, es y seguirá siendo, junto a exfuncionarios de su equipo de gobierno, una perseguida política.

 

Así, con operaciones mediáticas y falsas denuncias de hechos de corrupción, llegó Mauricio Macri a dirigir los hilos del país, con innumerables causas judiciales en su contra, adicto a las recetas de Estados Unidos, del FMI y rodeado de un séquito de empresarios entreguistas, muchos de los cuales ya se habían enriquecido con la dictadura de 1976, con el gobierno de Menem, con De la Rúa. Y entre 2015 y 2019 no solamente siguieron acumulando más fortunas, sino que también fueron artífices de ese proceso ocupando cargos en la función pública. Endeudaron a cien años a la Argentina y se fugaron la guita a paraísos fiscales. Mientras, Clarín, La Nación y el Poder Judicial los encubría y operaba en contra del kirchnerismo.

 

Más allá de la esperanzadora vuelta de un gobierno argentino progresista con Alberto Fernández, la derecha rancia continúa al acecho, atentando no ya con una posible dictadura militar, sino con noticias falsas, operaciones mediáticas, el Poder Judicial de su parte y la eterna mezquindad de los empresarios multimillonarios que, haciendo un lockout patronal, hoy le niegan el alimento a la clase trabajadora. Todo eso, sumado a una pandemia sin precedentes, frente a la cual el gobierno viene dando una batalla inmensa, esquivando los obstáculos que ponen Mauricio Macri, Patricia Bullrich, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, en un contexto de disputa electoral entre los cuatro.

 

Pero a pesar de tantas agresiones a su persona y a su familia, Cristina nunca claudicó banderas, jamás se fue del país, no nos abandonó, nos cuidó, se mantuvo entera para todos nosotros y nosotras porque había demostrado que no tenía nada que esconder y porque sabía que había un retorno.

 

Y ahora, mientras continuamos por esta senda que conducen Alberto y Cristina, sabemos que Néstor Kirchner vive en los millones de niños, niñas, jóvenes y grandes que cada día se levantan a trabajar, a estudiar, a caminar el barrio, a revolver la olla en un merendero, a educar desde una experiencia popular, y siempre pensando en que la Patria es el otro.

 

A 18 años de haber asumido la Presidencia e iniciado un camino de derechos humanos restituidos, él sigue siendo nuestro faro encendido, seguimos comprometiéndonos a continuar sus pasos y a mantener vivo su ejemplo, sus ideas y su legado. Nunca dejaremos de construir ese proyecto que junto a Alberto y Cristina hoy es nacional, democrático, popular, feminista y latinoamericano.

 

(*) Referente de Unidos y Organizados Provincia de Buenos Aires y subsecretario de Educación Popular del Municipio de Lomas de Zamora.