En DiarioConurbano.com abrimos un espacio para la literatura. En este relato, Pablo Pallás acompaña a Roberto Arlt en una excursión por el Temperley de la década del ´20 en búsqueda de personajes para una novela.
Por Pablo Pallás
-Cuénteme de Roberto Arlt, Don Acuña, arranca la conversación el pibe.
-Mira pibe, vos sabés que Arlt escribió Los Siete Locos y Los Lanzallamas, dos novelas, que uno de sus personajes vivía en Temperley.
-Si, las leí don Acuña.
-Escuchá: Uno de los personajes era el Astrólogo y vivía en una quinta de Temperley. El tema es cómo llega Roberto a Temperley., a mí me lo contaron.
-¿Quién? Pregunta rápido el pibe.
-No te puedo decir pibe, si querés te cuento la historia pero no te puedo decir quién me la contó.
-Cuente, cuente.
– A finales de la década del veinte, escribía Roberto para el diario El Mundo y hacía crónicas policiales para Crítica. Una tarde le proponen cubrir en El Mundo una nota insólita de un tipo que tenía una familia de loros que cantaban a coro o algo así, hacían una monigotada. Roberto, que buscaba lugares para ambientar la novela, se ofreció a ir y se tomó el ferrocarril en Constitución hasta Temperley, se bajó en la estación y le preguntó al peluquero dónde estaba el dueño de los loros.
El peluquero desconfiado, pensando que era algún inspector de sanidad, le dice que no hay ningún loro en la zona. Roberto, le muestra la credencial de periodista y le insiste pero el peluquero nada.
Sale de la peluquería y se mete en un almacén de ramos generales, habla con el patrón y le dice lo mismo que el peluquero, que no había loros en Temperley que se fuera con esa mentira a otra parte.
Siempre cerquita de la estación, Roberto no se daba por vencido y le preguntó a un pibe que estaba vendiendo diarios – la sexta – el pibe lo miró le hizo un gesto hacia donde podía ir y lo vio al peluquero haciéndole gestos que no le dijera nada.
Ya Roberto no tenía ninguna duda de que los loros existían. Empieza a caminar para el lado que le indicó el canillita y a dos cuadras más o menos de la estación pasó por un quinta que le llamó la atención por la construcción, por el espacio verde, en dónde corrían unas gallinas y lo más sospechoso, se escuchaba un canto celestial que provenía de algún coro de niños. Sin dudarlo, llamó allí pensando que habría alguna profesora de canto que enseñaba a los chicos de la zona a educar la vos.
Inmediatamente golpea las manos llamando y el canto se corta en seco y se escuchan voces que gritan, -¡Pedro! -¡Pedro! Llamando obviamente a un Pedro.
Sale un viejo escuálido, Pedro, y antes que Roberto abra la boca, le dice, -Viene por los loros. Ahí estaban, el canto celestial era de los loros. Roberto le cuenta a Pedro que venía del Diario El mundo, lo invita a pasar, recorren la casa, le muestra cómo vive y le presenta a los loros.
Pedro, haciendo ademán de dirigir una orquesta, los hace cantar un vals, después un foxtrot. Roberto impresionado toma nota de todo, se hace tarde, Pedro le muestra el cielo y le habla de las estrellas. Roberto se va, el último tren sale para Constitución.
La nota nunca se publicó, no se sabe bien por qué. Pero Roberto tenía la casa para la novela, allí se le ocurrió el nombre del Astrólogo para el personaje.
-¿Y los loros, Don Acuña?
– Esa es otra historia, pibe.