“Nuestras charlas se discontinuaron, pero no mi interés por su secreto. Todas las mujeres guardan un secreto en su mirada, pero en el caso de Valencia era totalmente distinto a todas las mujeres, su secreto pedía a gritos, lloraba a mares, vomitaba en los lugares más oscuros”, le dice El Pibe a Don Acuña, cuando desgrana esta historia, la de Valencia, la del atrapante secretro.
-Todas las mujeres tienen un secreto, Don Acuña, ¿quiere que le cuente la historia de una en particular?, arranca el Pibe
Don Acuña contesta –Si pibe, pero ¿De dónde es ella?
El pibe contesta: -De Lomas de Zamora, centro, ahí arranca, pero atraviesa, a lo largo del tiempo por varias ciudades del conurbano.
-Dale pibe, empeza, que me interesa, manifiesta Don Acuña.
El pibe arranca con aire literario:
La casa de Valencia era amplia, alta y espaciosa, Una casa de corte antiguo, atestada de muebles viejos que su padre reciclaba, madre docente, hermano ausente o demasiado presente según las circunstancias, pero particularmente nunca lo vi, él era el único que tenía auto en esa casa y por cierto pasaba mucho tiempo en él.
Valencia pasaba largas temporadas encerrada en su cuarto, temporadas es decir semanas enteras, sólo salía para ir al baño de noche o para comer algo, su ventana daba a la calle, pero los postigos estaban cerrados siempre. Ella por una rendija a veces espiaba a la gente pasar o miraba los autos que estacionaban en su cuadra.
A Valencia la conocí cuando era una adolescente, estaba terminando el secundario a veces le regalábamos alguna golosina y luego me enteré que no las comía, se iba fabricando con ellas una especie de adorno colgante en la pared de su cuarto, un atrapa sueños hecho de chocolates, alfajores, caramelos y chupetines. Ella creció y nuestra relación fue más íntima, más amistosa, nos juntábamos en algún bar o coincidíamos en la casa de amigos en común y pasábamos muchas horas hablando. Ella estudiaba música y particularmente tocaba el saxo. Formó una banda de músicos, pero se frustró la misma por dos hechos que no voy a comentar, sólo enumerar, una enfermedad y un amor a destiempo.
Cuando hablábamos sentía que Valencia guardaba un secreto, que algo me escondía, para que se concrete un secreto tiene que haber por lo menos dos personas que conozcan un tema para que un tercero o muchos queden afuera del mismo, pero este no era el caso. El secreto era de Valencia solamente, suponía por todo lo que hablé e indague, a ella y a terceros que sólo ella guardaba ese secreto, su secreto.
Valencia era música en todo el sentido amplio de la palabra, era música, viento, color oscuro, depresión y sin embargo también atenta y sonriente ante mi mirada inquisitiva, Valencia amaba la música y la literatura eso nos unía cada vez más. Luego se mudó de casa. De su casa amplia y espaciosa.
Nuestras charlas se discontinuaron, pero no mi interés por su secreto. Todas las mujeres guardan un secreto en su mirada, pero en el caso de Valencia era totalmente distinto a todas las mujeres, su secreto pedía a gritos, lloraba a mares, vomitaba en los lugares más oscuros.
Crecimos, crecí yo y creció Valencia, casi no nos veíamos, se había vuelto a mudar, antes pasó una temporada en la Capital para luego volver al sur del conurbano.
A Valencia siento que la conozco de toda la vida, la encuentro en la calle y es como si nos hubiéramos visto ayer, pero no puedo describirla más que por sensaciones, más por el secreto que guarda. Pensé muchas veces de dónde podía venir ese secreto, de su familia, que alguna vez fue aristocrática, que ella era una artista rebelde, que rompía con las normas y convenciones, que no era agresiva, que con una paz natural era capaz de oponerse a las peores injusticias y sufrir en silencio, llorar durante semanas encerrada en su habitación.
Valencia volvió a mudarse, alguna vez escribí algo sobre ella y su primera casa, hace poco charlamos, brevemente en la calle, sé que trabaja. Creo que retomó el saxo o ahora tocaba la guitarra, no estoy seguro, pero la música seguía siendo un componente indispensable en su vida.
Creo, después de tantos años, intuyo que conozco ese secreto antiguo, de todas formas sigue siendo un misterio conocido para mí, esta muchacha de luz, viento y música que seguro cuando la vea Don Acuña, la va a reconocer sin que se la presente, me hace pensar ¿por qué tengo que descubrir su secreto?, ella lo hubiera compartido de otra forma si hubiera querido. Lo compartió conmigo como le salió, un secreto es un secreto y debe respetarse como tal.
Pablo Pallás