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Literatura: El viejo cumpleaños del Pibe

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Cumpledeantes CuentoEsta vez, el Pibe reflexiona. Se aleja de Don Acuña y recuerda. Y los pensamientos lo llevan a recuperar viejos cumpleaños, esos quedan anclados en la memoria, en extraño color sepia. Un cuento de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

En aquellos años, escuchaba a tía Inés alabando desmesuradamente la hermosura de algunos de sus sobrinos. Me encantaba escucharla, diciendo exageradamente lo hermosos que éramos. Tenía algo de teatral, la forma de decirlo, el tono de voz, la manera de moverse, contraerse y extender los brazos. Mirábamos con desconfianza, en primer lugar, como si nos estuviera haciendo un chiste. Pero no, nada de eso. Era cierta su afirmación y para eso movía todo el cuerpo y entonaba desmesuradamente.

Entonces nosotros reíamos y éramos más felices que un rato antes, porque de eso se trataba de ser felices, aunque no lo sabíamos, lo intuíamos como un dejarse llevar, un ritmo sereno, que nos hacía jugar a la pelota en la vereda o con los autitos de colección en el patio, previa lavada de manos, yo no permitía a ninguno de mis primos que tocara mis autitos de colección si antes no se lavaban las manos. Jugábamos y el tiempo era a favor. El tiempo era eternidad, el rey cronos no existía, sólo si era menester coordinar una actividad por tiempo o ir a ver dibujitos en la televisión.

La celebración de los cumpleaños era el momento de mayor éxtasis. Una fiesta inigualable. A saber, venían todos los primos y algunos amigos  -no tengo la menor idea como se las ingeniaban mis tías para que estuvieran- La casa se limpiaba a fondo. Se preparaba una torta descomunal, recubierta de cachivaches que se suponía nos gustaban a nosotros: Estaciones de servicio, clubes de fútbol, autos de carrera, todo con sus colores respectivos, sin cursos de gastronomía, ni libros de recetas. Mi vieja y mis tías se las arreglaban para hacer tortas de distintos formatos. Una vez la torta que le hicieron a mi hermana para sus seis o siete años, era la cara de la pantera rosa, descubrí que el formato salía de un molde con la cara de la pantera y lo que más me sorprendió era que mi viejo había traído el molde, en tiempos que los varones parecía que no debían ocuparse de la cocina.

Otro motivo que refería a celebración, era la presencia de gaseosas en la mesa. Botellas de vidrio con bebidas cola. Todos los días en la mesa se tomaba soda y a veces soda con un “culito” de vino de mesa. Pero la coca cola era para los días de fiesta. Los adultos cerveza y los pibes coca.  Entonces nos tomábamos toda la coca posible que veníamos antojados desde el cumpleaños anterior y nuestras panzas  hinchadas y dele eructar, hasta que cualquiera de las tías nos decía que éramos cochinos, no, mis tías no decían eso, cuando eructábamos era mi abuela la que nos decía: Cochinos. La gaseosa era sinónimo de fiesta.

En cuanto empezamos a crecer un poquito los primos más grandes nos poníamos cerca del grabador o del tocadiscos y elegíamos música, que nos atrevíamos a bailar desaforadamente, como en competencias de baile y resistencia. Una pareja de tíos, una sola de tantos, bailaba también cuando sonaba un rock and roll.

Si la fiesta era muy importante, se encargaban sanguchitos de miga. Venía una camioneta de la confitería y abría las dos puertas del furgón y sacaba un paquete que parecía enorme de sanguchitos de miga.

La casa limpia, ordenada, una gran mesa con la torta presidiendo, mantel a cuadros, sanguchitos de miga, pastafrola, alfajorcitos de maicena de dulce de leche y coco pegado en los bordes con el mismo dulce. Servilletas de papel con tímidos motivos festivos. Vasos de plástico. Gaseosas. Coca sobre todo, las de naranja nunca me gustaron, no entendía como tenía primos que les gustaba la gaseosa de naranja, con los años comprendí que era una de las metáforas que nos irían separando. Ropa limpia y nueva, el pelo más largo, a veces rociado con spray fijador. Música. El baño siempre ocupado. El rincón de los grandes y una zona que a veces rompía sus límites con todos los primos y amigos.

Uno de los últimos cumpleaños que estuvimos todos, hicimos una obra de títeres, los más grandes para los más chicos. La produje. Preparé el escenario, los títeres, y le di el guión a cada primo con su personaje. Éramos cuatro, sin ensayo. Salió bien. Dos funciones.

Las navidades en lo de mi abuela, eran como un gran cumpleaños pero amparados por la mirada de ella. Una zona común a todos pero ajena, su casa. Cada uno tenía sus privilegios y sus limitaciones. Eran grandes encuentros, como muchos cumpleaños juntos. Los grandes después de la siesta jugaban al truco, a medida que los primos iban creciendo se sumaban a la mesa del juego. Yo era el más grande, sin embargo se sumó primero Darío, el que me seguía. Las demás navidades, algunos nos íbamos con novias o las primas con novios, alguna se animó a llevarlo. Pero se acortaba el tiempo eterno. Comíamos todos juntos y nos íbamos. No había reproches, no había tristeza, no había nostalgia. Sólo nos fuimos yendo. Hasta que mi abuela se fue del todo y ya no hubo encuentro descomunal y coca sólo ese día. No hubo navidades multitudinarias, pero tampoco hubo más cumpleaños con sanguchitos, coca y rock and roll en casas que se abrían, limpias y ordenadas, para todos los primos y para  los amigos del barrio.

Nos fuimos yendo, algunos muy lejos, no lo digo geográficamente, la distancia no se puede medir sólo en kilómetros, sino en afecto, en gracia, en hermosura, como decía tía Inés y todos nos reíamos felices.

Por Pablo Pallás.-

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