Nostálgica como casi siempre, la lluvia le dispara recuerdos al Pibe. Y se los larga uno tras otro a Don Acuña. Teorías sobre paraguas olvidados, arco iris que no salen, amores que se secan y besos que nunca se olvidan. Un relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.
“Adónde van las palabras que no se quedaron, adónde van las miradas que un día partieron…” dice Silvio Rodriguez el cantautor cubano y yo me pregunto Don Acuña, ¿adónde van los paraguas que la gente desecha?. Comienza el diálogo el Pibe y Acuña escucha pensativo.
-Usted vio que antes existía el paragüero, el zapatero generalmente, arreglaba también paraguas, ahora no. Será que los paraguas son tan baratos que son descartables, no, hay algunos que son muy caros, y otros que se encariñan con sus dueños y ejercen una fuerte atracción decorativa en las casas y cuando los portan estos transeúntes.
De todas formas, tuvimos unos cuántos días de lluvia seguidos y la gente necesitaba salir, y si bien a algunos no les importa mojarse, a otros si, les molesta o los enferma andar mojados, esto depende de la distancia que haya que transitar en un día de lluvia. De alguna forma todos queremos días soleados, nos hace bien al ánimo, al decir de los antiguos románticos, el ánimo iba acompañado del paisaje y del estado del tiempo, algo de eso nos quedó, aunque otros optimistas dicen al mal tiempo buena cara, otros por más que hagan el esfuerzo no lo logran.
Don Acuña interrumpe – Otros tienen un ánimo desecho más allá del estado climático, pibe.
-Si, si, dice el pibe, pero no me refiero a eso, me refiero a almas sensibles que en algún punto los altera el estado del tiempo.
-Conocí a un Profesor, que no usaba paraguas nunca, sólo piloto en los días de lluvia, el tipo se las ingeniaba de manera maravillosa para andar por debajo de la lluvia, aunque a veces con resultados para mi desastrosos, pero para él no.
Don Acuña agrega –Nunca usé paraguas pibe.
El pibe le dice – Mi problema es que dependo del paraguas, no él de mí, sino yo de él y tengo que andar con un cuidado enorme de no olvidármelo en un negocio, en un auto o en el colectivo.
-Una vez veníamos caminando por Pedernera hacia Alsina entre Banfield y Lomas con una jovencita que me habían presentado unos amigos; era una tarde un poco fresca, pero se prestaba para caminar, la idea era charlar, conocernos y caminar juntos, al llegar a Alsina se veía venir una tormenta atroz, parecía que el cielo se caía, no pensé que estaba en la calle, obnubilado por la presencia de la muchacha, pero pensé en la inundaciones y de todos aquellos que las padecen, digo algo tendríamos que hacer al respecto, pensaba en eso y le pasé el brazo por sus hombros, se largó, como era de esperar a llover copiosamente, nos miramos, sin saber que hacer, seguimos caminando para el lado de Lomas, seguimos por Almirante Brown y llegamos a Temperley. Estábamos todo mojados, pero sonreíamos y seguíamos charlando como si no pasara nada, buscamos un bar en Temperley y mientras tanto paro de llover, se despejó de golpe, una tormenta de verano, que le dicen, no le voy a decir que salió el arco iris y que nos dimos un beso, no, sería muy romántico, pero algo cambio en nosotros con respecto al tiempo, atravesamos la primera tormenta le dije.
-Ahí vi uno de los paraguas, de los tantos que vi en mi vida, tirado en un cordón, todo roto, seguramente dejado con furia por el dueño por su inutilidad ante la lluvia. Le conté a ella, que yo había utilizado el paraguas muchas veces como arma de defensa, intentaba abrirlo dentro de casas donde me trataban más o menos y me rogaban por superstición no abrirlo bajo techo. Otra vez, a un automovilista que cruzó en rojo lo amenacé con el mismo y el auto paró y mientras veía que el conductor se bajaba, salí corriendo con el paraguas en la mano, por las dudas. Otra vez, le pegué con el paraguas a un colectivo que no me paró, a los dos días tomo la misma línea de colectivos y me encuentro con el conductor que me dice porque le pegué con el paraguas dos días antes. Tuve que pedir disculpas, ya había tenido muchos altercados con los pobres colectiveros como para sumar otro.
-Todo esto la hizo reir mucho a ella, que me invitó a seguir caminando hasta su casa, en Turdera, mojados y alegres, llegamos y lo demás no se lo puedo contar, sólo que la pasamos muy bien hasta que se secó la ropa. Lamentablemente como el verano, ese amor de tormenta se disipó y nunca más la encontré. Cada vez que llueve la recuerdo, me da un poquito de nostalgia, le confieso, pero cuando comienza a escampar, me surge una sonrisa desde muy adentro, quizás desde allí, donde tengo guardado el recuerdo de su rostro riendo y su mirada llena de un arco iris que ese día no estaba en el cielo.
Pablo Pallás