Una historia mínima, de esas que deslumbran por lo breve, se mete en otro relajado diálogo entre Dos Acuña y el Pibe. Un auto prestado, un accidente gástrico con una paloma y esas primeras veces de la adolescencia, en las que se mezclan la sensación de la gran aventura y el sabor a nada. Otro relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.
Don Acuña y el Pibe caminan por Meeks hacia Temperley, se meten en un bar que en otros tiempos fue tradicional, en una esquina, ahora tiene otro nombre y como impulsados por los recuerdos, una vez sentados a la mesa, el Pibe arranca:
-Don Acuña, le cuento otra del secundario, a mediados de los ochenta.
Don Acuña alegre le responde: – Dale Pibe, arrancá
El Pibe dice: -De eso se trata, de arrancar. Había tres cosas que nos gustaban en la salida del secundario, en el último año, una, los autos, dos, los cigarrillos, tres, las compañeras de otros cursos.
Algunos compañeros iban al colegio, sobre todo los viernes, con el auto del padre, no tenían registro, ni la edad mínima para manejar en ese momento, pero algunos estacionaban en la puerta del colegio y a la salida ostentaban la parada, el arranque, la invitación a subir y a llevarnos y la retirada con un manejo entre torpe y voluntarioso en la habilidad del manejo. Momentos sublimes, del saludo y la carcajada, del piquecito corto en la puerta del colegio.
Primero en la puerta del colegio la parada obligada, sacar a relucir los cigarrillos y convidar o el mangazo y el humo en la cara de la prohibición, esto duró poco, porque un preceptor se dio cuenta y nos sacaba entre amenazas de amonestaciones y sermones que lejos de la rebeldía nos metían de lleno en el papelón. Lo del cigarrillo como las peleas, debía ser a cien metros de la puerta del colegio. La farsa se había puesto en escena, sabíamos que a cien metros, todo era posible, si no se quejaba algún vecino.
Lo de las compañeras requería un poco más de valentía y suspicacia. Hola qué tal, chamuyo, vos sos de tercero, vos sos de cuarto, te vimos el otro día, por qué no vamos a la Plaza y así, a veces salía fácil porque las compañeras más pequeñas se fijaban en nosotros que estábamos en el último año y eso nos daba una especie de derecho para conversar con ellas, todos no teníamos la misma suerte, pero alguno que otro encontró una novia por tiempo prolongado o por lo menos una suerte de amiga nueva que nos invitaba a sus fiestas.
Lo del auto correspondía más a la osadía de los padres que a nuestra voluntad, en mi caso, estaba de plano descartado que mi viejo me prestara el auto para ir al colegio, de hecho él lo usaba para ir a laburar, pero una vez, una única vez, me di el gusto de retirarme majestuosamente en auto.
Para esa época mi amigo Bartes había dejado de estudiar, laburaba y se había comprado un fitito, a nombre del padre, pero era de él. Nos llevaba todos los viernes y sábados a la noche a Charly Bar y salíamos por el barrio a altas horas de la noche.
-Una tardecita nos juntamos con Bartes a dar unas vueltas por el barrio y me dijo que al otro día tenía que hacer trámites en la Capital, que iba a ir con el fitito hasta Lomas y lo iba a dejar en la puerta del colegio a dónde yo asistía, me dio un juego de llaves y me dijo que me lo llevara a la puerta de mi casa, que él a la tarde cuando volviera lo pasaba a buscar.
-Así, ese mediodía cuando salí del colegio, busqué en la calle estacionado el fitito, lo encontré, abrí el auto, lo encendí y arranqué como pude, salí de allí y me fui hasta el barrio manejando el fitito de Bartes, me di cuenta en el viaje que los frenos no andaban bien, pero me las ingenie para parar en las esquinas más peligrosas y llegué a la puerta de mi casa, auto y yo sanos y salvos.
-A la noche me encuentro con Bartes y le comenté de los frenos y que había manejado bien hasta casa, pero Bartes estaba enojado, hubo algo que no le gustó nada y me lo atribuyó a mí. Me defendí, le dije que no había subido a nadie, que no hice alarde, que estacioné bien, que no choqué, en definitiva no sabía porque estaba enojado.
-Bartes estaba enojado porque en la puerta del colegio o de casa, una paloma había hecho todas sus necesidades fisiológicas – bueno, había cagado, Don Acuña – en el capot del auto y éste se encontraba con una mancha tremenda del ave en cuestión. Me eché a reír inmediatamente, cosa que enojó más a Bartes, prometiéndome que nunca más me lo iba a prestar el auto para nada.
-Sabe qué Don Acuña…
Don Acuña, espera que el Pibe siga con lo que contaba.
El Pibe, retoma, ahora que lo pienso bien, me lo prestó un par de veces más para andar por el barrio y después cumplió su promesa, nunca más, de esto, hace una punta de años. Sí viajamos juntos a muchos lugares, de hecho me llevo y me trajo de otros. Pero nunca más lo manejé, cuando cambio de auto, menos. Le digo más, cuando se lo pedí para sacar el registro me dijo que no, puso excusas creíbles, pero ahora que lo pienso, era el tema de la paloma que seguía volando por el capot de ese primer fitito.
Pablo Pallás