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Literatura: Aquellos primeros amores de Don Acuña

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Pareja PlazaDon Acuña rememora la historia de Patricia, esos amores como mucha idealización y algunas pinceladas de cruda realidad que crecen al calor de la juventud. Claro que aunque la fuerza del recuerdo idealizado parezca perfecta, siempre algún sabor agridulce se percibe. Otro relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

Rememorar los primeros amores, para alguien tan fácil de enamorarse requiere cierta selección de recuerdos con algunas reglas. No una selección arbitraria. Hay que fijar de antemano una especie de reglamento. Después operará la selección de la memoria, que en el caso de Don Acuña siempre lo favorece. Un tipo con una valoración personal bastante alta que a veces le juega en contra con algunas relaciones.

Don Acuña me contó: -Si me refiero a los primeros amores, tengo que pensar desde una edad que requiera cierta madurez para enamorarse, pero quién es capaz de decir que a los once años no era amor lo que sentía por Hebe y a los doce por Sandra. Que alguien me lo venga a discutir. Después el amor se hizo más complejo y más profundo también.  Recuerdo tres amores de la adolescencia, del colegio secundario. Si fueron correspondidos o no, eso no importa en esta enumeración de recuerdos. Quizás en otra, con otras reglas podríamos definir primeros amores correspondidos, pero aquí no y no detallaré si fueron o si no fueron concretados entre las dos partes, sólo me referiré a mi persona, aunque en el caso que comentaré ahora, daré más detalles.

Uno de esos amores de la adolescencia fue Patricia. Mis nombres preferidos de pequeño, los nombres de mis fantasías y de mis primeros sueños fueron Alicia y Patricia, sentía en ellos algo distintivo. No conocía a ninguna Alicia ni a ninguna Patricia hasta el secundario. Seguramente la mención de algún pariente, alguna de las aventuras del pasado de mi tío Miguel, algo que vi o escuché en la Televisión, alguna canción, de alguno de esos lugares aparecían estos nombres.

Patricia no era el ideal de belleza y justamente era tan bella que superaba mis expectativas y por lo que corroboré en esos años, desveló a varios compañeros. Mis sueños sobre ella eran puros, angelicales, fantasiosos, casi una respuesta de rebeldía beatnik pero desfasada, fuera del tiempo, pasada de moda. Senderos de tierra en medio de hermosas praderas con frondosos árboles que filtraban tibios rayos de sol que no perturbaban, sólo nos iluminaban de singular forma, haciéndonos más hermosos (más jóvenes era imposible), por esos senderos en mis fantasías en medio de la clase de contabilidad, íbamos caminando de la mano y apenas nos rozábamos las mejillas con un dulce beso. –Acuña ¿dónde va “servicios inmobiliarios” en el debe o en el haber? No podía explicarle al profesor de contabilidad, que su materia no me importaba en absoluto y que no perturbara mi paseo con Patricia en aquel verde bello lugar, porque estábamos llegando a un claro del sendero y allí seguro nos sentábamos a descansar, pero el debe y el haber y mi respuesta automática  -no tengo idea- y risas de los compañeros y Patricia que aparentemente no estaba paseando conmigo contesta acertadamente a qué columna del Libro Contable correspondía “servicios inmobiliarios”.

Las fantasías eróticas, los actos y pensamientos impuros en la confesión con el cura los viernes –y qué por favor no nos vaya a confesar el que pregunta qué tipo de pensamientos y de actos- esas, estaban reservadas a pensar  aquellas chicas que sugerían el estereotipo de belleza impuesto por la publicidad, la moda, la época, los video clips del momento. Patricia estaba fuera de eso. Caminando juntos de la mano en el verde césped, fantasía bucólica, canción hippie.

Patricia siempre fue muy correcta conmigo y cuando le sugerí mis sentimientos hacia ella, fue muy benévola, a saber, no se enojó, no dijo te quiero como un amigo y esto lo arruina todo, no se burló de mí, nada de eso, fue amable y comprensiva, vagamente recuerdo excusas, que por ahora no, que veremos y cosas por el estilo.

Terminó el secundario. No nos vimos más. Doce años después, estando recién divorciado y sabiendo por una amiga la profesión de psicóloga de Patricia y su teléfono, la llamé. Nos encontramos en su casa. Vivía sola. En mi caso, comenzaba a vivir solo. Con la excusa de buscar psicólogos hablé con ella, pero además necesitaba repasar textos de Freud, Lacan y otros autores por lo que yo estudiaba en ese momento y le pedí ayuda. Eso generó en nosotros una  relación de confianza e intimidad porque la visitaba una vez por semana, durante varios meses y luego de leer los textos, cenábamos juntos en su casa.

Todo esto era cierto y concreto, aunque lo que pasó con los autores de la materia que estudiaba con ella es para otra historia, lo que pasaba es que estaba conociendo realmente a Patricia y no a mi fantasía sobre Patricia. El día que me propongo hablarle no sólo de Freud sino de mis sentimientos hacia ella, renovados, pero siempre idílicos, comienza a contarme su historia de amor reciente. En un viaje al sur, había conocido a un químico brillante, de quién estaba perdidamente enamorada y me lo contaba porque este muchacho le había propuesto casamiento (ella no se había casado, no sé cuántos novios tuvo antes, pero yo venía de mi primer divorcio) Ella feliz me anuncia que en un rato, estábamos cenando, iba a llegar y me lo iba a presentar.

Seguimos nuestros encuentros, pero con Alberto, el químico allí instalado y preparándonos la cena para los tres. No había competencia posible. Un Adonis rubio, inventor químico, tenía varios productos inventados que salvaban especies naturales, nos hacía la cena, era buen tipo, me recibía con una sonrisa y para rematar me invitó a comer un asado un domingo, día que no era de nuestros encuentros. Algo nuevo parecido  a la amistad comienza entre los tres, mi aporte secreto era resignar mis sentimientos hacia Patricia, aquel viejo amor que había reaparecido y que se me volvía a escapar como arena de las manos. Ese domingo del asado. Alberto, en un radiograbador hace sonar a Silvio Rodriguez y la alianza amistosa entre los tres queda sellada. En los postres, me invita al casamiento entre él y Patricia.

Casamiento. Me reencuentro con algunas pocas compañeras del secundario y sus maridos, una en particular que su marido se correspondía con ella perfectamente por su sentido de la estupidez. Obviamente no tenía ganas de verla y encima era todo un poco raro, estaba en el casamiento de Patricia. Así y todo desde la Iglesia, hasta la quinta en dónde fue la fiesta (una fiesta de día, luminosa en una casa con verdes jardines y árboles frondosos) fui en el auto de esta compañera y su marido, en realidad no les quedo otra que invitarme a ir con ellos porque todos los que íbamos a compartir la mesa estábamos allí al lado de su auto, de más está decir que el más incómodo en viajar fui yo.

En el momento torpe del vals, susurré algunas palabras a Patricia que me contestó con sonrisas, evidentemente no me escuchó.

Hasta ahí más o menos normal, asumiendo mi nueva condición de “solo amigo” de Patricia y además de Alberto y bancándome la mesa de conocidos de la época del secundario (no estaban allí mis amigos de aquellos años) y sobre todo la fiesta, cosa que me costaba bastante, el estado de fiesta de casamiento me molesta, sobre todo si es tradicional, esta no lo era del todo, por eso era bancable. En un momento en una mesa de casi diez personas (las que habíamos venido en el auto)  me quedé solo tomando vino. La vi de lejos a Patricia, bellísima, con su vestido sobrio y el pelo que le caía sobre las mejillas, la veo en ese acto ínfimo de recogerse el pelo, acomodar su sencillo peinado, esos cabellos que tanto acaricié en mis entresueños, en las horas de contabilidad, en mis fantasías más absolutas. La veo que saluda a alguien, queda sola un instante y dije, este es el momento, me voy. Tomé el saco de la silla, había llevado saco, con la camisa afuera del pantalón como siempre y sin corbata. Camino hacia ella, la mirada fija en su rostro, me voy poniendo el saco, ella me mira, me acerco, mi cara queda muy cerca de su cara, como nunca había pasado, le digo –Estás hermosa. Me agradece, me despido, me pide que me quede, pero ya había dicho lo que tenía que decir, le doy una excusa,  le beso la mejilla y me voy. Nunca más la volví a ver.

Este debería ser el final. Pero en estos tiempos, hay un montón de maneras de buscarla, las redes sociales son una de ellas, cuando escribía estas líneas encontré su nombre en internet, quizás le escriba, quizás le cuente que no me olvidé de ella y que a veces me duermo acariciando su pelo en un camino con mucho verde, con árboles que dejan pasar sólo algunos rayos de luz para iluminarnos,  para hacernos más hermosos y ahora más jóvenes.

Por Pablo Pallás

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