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El regreso de Orange is the New Black: ¿La mejor temporada hasta la fecha?

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Orange Black(Por Joel Álvarez) No hay nadie que no lo sepa. Quizá sea gracias a la efectiva campaña publicitaria de Netflix (que revolucionó las redes sociales mediante gifs y spots protagonizados por Moria Casán) o tal vez sea por la indiscutible calidad de la serie, pero lo cierto es que el estreno de la cuarta temporada de Orange is the New Black no tomó a nadie por sorpresa. El servicio de streaming liberó los 13 episodios de su comedia dramática estrella, y la prensa ya asegura que se trata de la mejor temporada de Orange hasta la fecha.

Tan solo unos minutos pasaron para las reclusas de Litchfield desde el final de la temporada anterior. Aquel season finale logró definir a la perfección el estatus antitético de la serie, que se debate entre la comedia y el drama: por un lado, la felicidad en cámara lenta, con los personajes disfrutando de la libertad efímera que les permitió la apertura hacia el lago en las afueras de la prisión; por el otro, la sensación de tragedia inminente, con la llegada de nuevas presas augurando la superpoblación en Litchfield y el destino de una de las protagonistas en suspenso. La nueva temporada retoma todos estos puntos del argumento y expande sus consecuencias reales, que se transforman en las subtramas más importantes del resto de la temporada.

La superpoblación en la prisión, por ejemplo, se convierte en una realidad que las protagonistas deben enfrentar y cuya consecuencia —un cambio en la dinámica de las relaciones en la serie— es tomada por los escritores como disparador de los principales hilos del argumento de este año. La llegada de las nuevas prisioneras desemboca en la contratación de nuevos guardias (veteranos de guerra que trabajan más y generan más ganancias para la compañía propietaria de Litchfield) y en un cambio de balance entre las “familias” del lugar (que cambian, se debilitan y se fortalecen, se separan y forman nuevas alianzas). A su vez, esto da lugar a una nueva ola de subtramas que se desarrollarán conforme avance la temporada y que, en combinación, permiten a Orange is the New Black mantenerse en la línea de lo que nos tiene acostumbrados: contar una historia que trate temas y problemas sociales, políticos y culturales con inteligencia y sensibilidad. La igualdad de género, la violencia, el racismo, la homofobia y la transfobia, el uso y abuso de poder, incluso la corrupción y la precarización laboral son sólo algunos de los temas que la serie creada por Jenji Kohan (Weeds) aborda en su nueva temporada.

Lo brillante de Orange is the New Black en general y de esta temporada en particular radica en su manera de encarar temas complejos de relevancia social. No se limita simplemente a tocarlos, sino que los absorbe, los vuelve parte de las historias que cuenta y los denuncia. Este modus operandi es parte de la serie desde el episodio piloto, pero lo que distingue a esta temporada de las anteriores es el aumento en la cantidad de temas que decide abarcar y la profundidad con la que elige hacerlo, la gracia traicionera con la que se mueve entre el drama y la comedia y, especialmente, la habilidad de Kohan para sostenerlo todo durante 13 episodios sin golpes bajos ni pérdida de interés. La nueva temporada se desarrolla con semejante destreza que no será difícil pasar de la risa al llanto en un instante o completar la tanda de episodios en tiempo récord.

El cambio de tono que adopta Orange en esta ocasión también ha sido motivo de debate entre sus seguidores y el periodismo de espectáculos estadounidense, que le atribuye a Kohan y sus escritores la decisión de llevar la serie hacia lugares más oscuros, con algunas escenas difíciles de ver. El cambio se vuelve más y más evidente conforme avanza la temporada (y se vuelve particularmente perceptible en los puntos de giro y las escenas finales de los episodios 3, 6 y del 10 en adelante), lo que permite al elenco lucirse y abrazar un poco más el drama, siempre sin perder el tempo cómico que caracteriza a la serie.

El cast de Orange is the New Black siempre ha sido objeto de alabanza y esta vez no es la excepción. Con Piper (Taylor Schilling) relevada a un papel secundario y la llegada a la prisión de Judy King (increíble Blair Brown), una clara parodia de la empresaria y presentadora de televisión estadounidense Martha Stewart, el diverso elenco vuelve a ser uno de los principales atractivos de la serie. Los clásicos flashbacks que cuentan el pasado de las reclusas de Litchfield regresan, aunque en menor cantidad (el más esperado aguarda en el episodio 11), y no porque haya menos historias que contar sino porque las tramas del presente en Orange crecieron lo suficiente como para ocupar un espacio más central en el desarrollo de los episodios. Brillante es, además, el sinfín de referencias culturales que atraviesa cada capítulo, especialmente cuando se trata de las hermanas Kardashian o de las similitudes entre el viaje de Piper en esta temporada y el de Walter White en Breaking Bad.

Es entendible, al fin y al cabo, el por qué la prensa consideraría a la cuarta temporada de Orange is the New Black como la mejor hasta la fecha. Sin perder creatividad ni impacto, Kohan reinventa su creación con éxito y sin tener que modificarla drásticamente para lograrlo, algo que pocos showrunners pueden decir sobre sus intentos de revitalizar sus series. Incluso se arriesga y redobla la apuesta, inyecta de oscuridad a su historia, suma nuevos y más complejos temas y plantea preguntas mucho más difíciles que en temporadas anteriores y que otras series de televisión ni se animarían a abordar. ¿Quién se lo merece? ¿Hasta dónde son capaces de llegar los que tienen el poder? ¿Y hasta qué punto van a soportar los que no lo tienen? Es difícil plantear estas preguntas en una serie de televisión masiva. Y más difícil aún es sumarlas cuando la serie en sí es una dura crítica al sistema penitenciario estadounidense y, ahora, a las grandes corporaciones. Sin embargo, Orange is the New Black y Kohan no sólo consiguen combinar ambos elementos sino que logran algo mucho más complicado: mezclarlos sin dejar de entretener. 

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