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Literatura: La armónica de Juancito, el de Villa Centenario

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Armonica CuentoComo dos expertos jugadores de truco, Don Acuña y el Pibe se conocen la ansiedad, las cartas y las señas. Esta vez la historia de Juancito y su armónica los llevará de esos senderos en los que a los contadores de historias les gusta quedar atrapados. Otro relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

Don Acuña y el Pibe caminan por la calle Pellegrini, disfrutan de la sombra de los arboles, pasan por Parque Miñaqui, van de Lomas a Banfield y vuelven por la vereda de enfrente, charlan sobre Milton, este amigo del Pibe que acumula historias de barrios del conurbano, de sus vivencias, de sus andanzas, hasta que el pibe recuerda una en particular que le contó y le dice a Don Acuña:

-Milton me contó que tenía un amigo en Villa Centenario, No recuerdo el nombre, si era Juancito o Víctor, creo que era Juancito, y le decíamos Juancito caminador al decir del poeta y de la famosa pintura. Milton era muy amigo de él, lo conocía bien. No había terminado el secundario y ya andaba juntando con un carro todo lo que veía para vender, cartones, botellas, televisores viejos, todo. Así se hacía unos pesos, una vez revolviendo muebles viejos en una esquina encontró en un cajón de una mesita de luz tirada en la calle y con una pata rota, una armónica.

Escuchaba blues e imitaba la armónica de lo que escuchaba, tenía buen oído Juancito y así en las fiestas los sábados a la noche entre cerveza y cerveza le pedían que tocara la armónica, un poco vieja que tenía y el tipo se lucía.

Alguien le propuso estudiar música, probó con un profesor de Banfield pero fue poco tiempo, él se las rebuscaba bien con el instrumento.

Después se juntó con unos amigos que tenían un grupo de música y él los acompañaba a la perfección. Tocaban todos los sábados a la noche, otra manera de rebuscarse los pesos, que ahí si necesitaba para viajar porque había empezado a estudiar en la facultad de Derecho. Quería ser abogado para defender a los pobres, decía, para defender a los presos repetía. Juancito y su armónica eran famosos los sábados a la noche, nadie sabía quién era pero el público lo esperaba salir al escenario con su armónica.

La crisis del 2001 hizo que abandonara todo y empezara a trabajar en una fábrica de zapatos.

Cada tanto volvía a la armónica, pero esta vez a una que se había comprado, recomendación de un amigo músico.

Se fue a España, nadie sabe bien que hizo por allá, nos imaginábamos a Juancito tocando en la calle por unos euros de propina.

Volvió en el 2007 tan pobre como se había ido, pero extrañando Villa Centenario, la familia, los amigos.

-¿Y ahora pibe que es de la vida de Juancito?, pregunta Don Acuña.

-Milton dice que se juntó con una vecina, tienen dos hijos, está terminando la carrera de Derecho. Labura en una estación de servicio. Cada tanto se escucha una armónica que suena mientras los clientes están cargando nafta.

Dicen que grabó varios discos como acompañante de músicos reconocidos internacionalmente, no sé, es una leyenda, la última vez que lo vi tenía la armónica en el bolsillo y le pregunté si tocaba todavía, me contó que iba al Jardín de sus hijos a una clase de música, a tocar unas melodías infantiles que había aprendido para los nenes del jardín de infantes de sus hijos.

Milton dice que tiene un contrato con una grabadora, que en cualquier momento lo vamos a ver por televisión con la armónica o vamos a enterarnos de un recital de blues en el que estuvo, no antes, sino una vez que estuvo. Juancito es así, dice Milton, un tipo brillante y humilde.

Por Pablo Pallás.

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