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Literatura: Sandra Mihanovich, la de Temperley

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Mihanovich SandraSentados a la mesa, copa de vino de por medio, Don Acuña le cuenta al Pibe una nueva – y vieja – historia de amor. Mitad platónico, mitad carnal, el hombre recuerda “su” Sandra Mihanovich. Un relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

Don Acuña y el Pibe se encuentran el viernes a la noche para cenar en un restaurante de Temperley.

Don Acuña arranca después del segundo vaso de tinto: -Cuántos recuerdos Pibe, ¿Te conté cuando conocí a Sandra Mihanovich? Vivía en Temperley en la calle Juncal y nos encontrábamos en la esquina de Juncal y Almirante Brown.

El Pibe lo mira desconcertado y le pide a Don Acuña que le relate más detalles del asunto.

Mira Pibe, no era Sandra Mihanovich la cantante, pero era igual, el pelo largo negro enrulado, mediana estatura, la misma cara, el cuerpo parecido, no cantaba, pero tenía una actitud, una manera de andar, de ser, para mí, era ella. Cuando la conocí se vestía de una manera parecida, jipona le decíamos, era como el  ideal de las militantes del PI, el partido de Alende, el de Banfield. Tenía ese aire, hasta el perfume de pachuli que usaba.

Una mujer encantadora, nos conocimos en el trabajo, luego ella se fue, pero nos seguimos viendo, todas las cosas que viví con ella pibe, incontables momentos, situaciones, viajes, películas, bares, recitales, todo con ella.

De repente no nos veíamos un tiempo, y luego nos reencontrábamos, como si nunca hubiéramos dejado de vernos. Cada uno hacía su vida, trataba de encontrar su lugar en el mundo, sobre todo en esta ciudad, justamente la ciudad era toda nuestra cuando andábamos juntos, se nos mostraba solidaria, abierta, las calles eran nuestras, nos sentíamos abriendo surcos en nuestro lugar, Temperley, Lomas, Banfield y algunas escapadas al centro. Pero sobre todo por acá, por el sur,  todo era nuestro, como si con nuestro andar en una plaza o las visitas a un teatro de aquí del conurbano, construyéramos un presente continuo, la vida se nos presentaba en estas calles, en las casas de amigos, eramos los constructores de la ciudad, del sur de la ciudad grande.

No se llamaba Sandra, pero yo a veces le decía así y nos reíamos juntos, le pedía que me cantara, pero no lo hacía. En los períodos que no nos veíamos me preguntaba por qué no teníamos una historia de pareja juntos, aunque historias juntos teníamos a montones, entonces volvíamos a vernos y todo recomenzaba, la seducción, los guiños, las miradas cómplices, las salidas al teatro, el cine en casa con los vhs, las madrugadas, el sol en el verano, los bares refugio en el invierno.

Sandra descomunal, seduciendo sin querer, sin conciencia, el primero que estuvo con ella fue mi amigo Santiago, él sabía ser seductor, entrador, la llevaba a la facultad a presenciar sus clases, se lucía con ella como si fuera un adorno que había conseguido, duró poco ese idilio egoísta.

-Ella volvía a mí, al refugio seguro de la amistad, decía. Fumábamos juntos, a veces me confesaba que se iba a dormir y no quería escuchar su respiración, que quería dormirse rápido para no pensar en lo que había fumado o en cuánto había fumado, tampoco quería pensar su futuro, presente continuo, su futuro venía pesado.

No pudo seguir con medicina, estudió enfermería. El mandato familiar era tremendo, no quiero recordar las historias oscuras del padre, que se lo notaba bastante contrariado con la época en que vivían sus hijas, porque Sandra tenía una hermana, bellísima, que rápidamente se fue del Conurbano para vivir en el sur del país, se alejo de todo. Sandra seguía enganchada con la pesada historia familiar en el presente continuo con la mirada en el futuro.

Una tarde en la Plaza Grigera, termo y mate, le dije todo lo que podríamos hacer juntos, además de lo que ya hacíamos, ella sorprendida me hizo un recitado sobre la amistad y lo valioso que significaba que fuéramos sólo amigos. La noche llegó y una cosa llevó a la otra, y las sábanas, la cama pequeña de aquella época, nos levantamos incómodos a la madrugada y se fue a su casa, sólo pasamos la noche entera juntos una vez despiertos en un bar.

El tiempo nos volvió a encontrar, ella más delgada con ganas de irse de Temperley, se mudó a la Capital sola y allí comenzó un lento declive en su estabilidad emocional. Voces, me decía, escucho que me tengo que ir, por supuesto, se fue del país, se fue a Europa. No la vi más, nunca recibí una carta o un llamado de ella, tampoco supe dónde llamarla. Por amigos en común, sé que volvió y que se fue nuevamente. Nadie fue capaz de decirme cómo estaba realmente, todos coincidían con su parecido a Sandra Mihanovich.

Por eso Pibe, no te miento: Sandra Mihanovich vivió en Temperley y yo la conocí.

Pablo Pallás

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