El recuerdo de un viejo transporte lleva al Pibe a recordar otra experiencia del pasado a Don Acuña. Imágenes y olores de una Lomas que ya no es la misma transitan el relato de su historia. Otro cuento de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.
Don Acuña y el Pibe caminan por la calle Boedo, van desde el centro hacia el Barrio Laprida en donde la calle desemboca en el arroyo del Rey. Caminan, piensan y dialogan.
Don Acuña intuyendo las miradas del Pibe cuando pasan por la antigua fábrica Velox, convertida en depósito de camiones o abandonada a su suerte según las circunstancias económicas, dice en voz alta: -A vos Pibe te trae recuerdos este recorrido, me parece por algo que me contaste o me vas a contar.
El Pibe se larga: -Si, Don Acuña, hicimos el colegio primario con Oscar en un colegio de la calle Boedo y cuando nos sentimos grandes dejamos de viajar en la bañadera escolar y empezamos a hacer este recorrido hasta el Barrio tomando una latita de coca, primeras latitas a la venta en aquel entonces, hacia el Barrio, hacia la casa de cada uno. Nuestros doce años nos hacían ser los más grandes del colegio, y nos sentíamos así, seguros de emprender una caminata diaria de más de quince cuadras, ida y vuelta durante un año, después descubrimos el colectivo de línea.
-Pienso en varias cosas Don Acuña, en primer lugar en la Bañadera de Rosita en la que pasamos tantos momentos divertidos y no tantos en los viajes. Bañadera, no remite a micro escolar o Bus o colectivo de escuela, ya pocos e usan esa palabra para definir a un colectivo que lleva escolares, ahora hay combies, hay micros escolares, pero son las mismas bañaderas de aquella época, quizás un poco más modernas pero no tanto, más cuadradas, no con aquella forma sin puntas que la asemejaba de alguna forma muy rebuscada a una bañadera de baño, a una tina de baño. De todas formas me sorprendí hace unos meses cuando viajando en un colectivo hacia Capital por la General Paz, muchos chicos que iban en el mismo hacia Tecnópolis empezaron a cantar: “Chofer, chofer, apure ese motor que en esta bañadera nos morimos de calor” y fue una iluminación para mí, estas nuevas generaciones de niños no saben lo que es una bañadera, pero lo intuyen, transporte público, transporte escolar grande, bañadera. Recordé allí mismo mis viajes en bañadera y mi paso de la bañadera a la caminata del último año de la primaria.
-En segundo lugar, la caminata junto a Oscar, éramos amigos, hablar de él en este momento no quiero, lo voy a hacer más adelante, pero con él nos juntábamos con una barrita de amigos en la esquina de su casa, ya no era el Barrio Laprida, pero estaba ahí nomás, yo iba acompañado de Piti, pero Piti vivía más lejos de casa, por eso con Oscar decidimos ir y volver del colegio ese año caminando, igual me quedaban cuatro cuadras solo. Toda la caminata era una aventura, descubrir las casas, las calles, los árboles de Boedo, el tránsito, los vecinos y algunos negocios que eran fundamentales, el primero, un almacén al que acudíamos en la vuelta para comprar entre los dos una lata de coca, las latas de gaseosa estaban empezando a importarse en ese momento y para nosotros fue un descubrimiento desmesurado. El segundo negocio en el que parábamos en la vuelta era un kiosco que funcionaba en una peluquería y allí comprabamos los caramelos fizz, esos que explotaban burbujitas en la boca, si previamente no habíamos visto al pirulinero de Lomas. La coca y los fizz eran dos motivaciones suficientes para emprender el regreso a casa caminando, cuando teníamos unas monedas o algún billete para comprarlos.
-Pero había otra motivación y creo que la más importante. Nuestros primeros amores. Hebe y Sandra. Los pormenores son infantiles, dulces y enternecedores mirándolos hoy, tan lejos en el tiempo. En esas caminatas iban nuestros primeros sueños, nuestras ilusiones, nuestros deseos y confesiones, por eso en aquel tiempo descubrimos en Hebe y Sandra nuestro acercamiento al amor más puro. En aquél tiempo nos gustábamos, no nos queríamos ni nos amábamos, la palabra era gustar. Y aclarados algunos puntos con Hebe nos hicimos amigos y a Hebe le gustaba Oscar y Hebe me presentó a Sandra que era de un grado más que nosotros, pero a mí me gustaba y mucho. Soñé tanto con Sandra, todo aquel año. Nuestro momento triunfante a la salida del colegio, el punto máximo de algarabía, el mejor momento del día, era cuando nosotros empezábamos a caminar por Boedo y la bañadera en la que iban Sandra y Hebe pasaba al lado nuestro y en ese momento clave, indispensable, que le daba sentido a toda nuestra pequeña vida, Sandra y Hebe nos saludaban desde la ventanilla agitando las manos y nosotros desde la vereda devolvíamos con amplias sonrisas ese gesto que nos embellecía.
-Eso era el amor en aquellos años Don Acuña.
Pablo Pallás