Esta vez Don Acuña y el Pibe, resucitadores de personajes entrañables y no tanto, recuerdan al pirulinero de Lomas. Enigmático, querible, omnipresente, detallan situaciones en la que el hombre petiso y de pirulinera en mano aparece como personaje secundario. Otro relato de Pablo Pallas para DiarioConurbano.com.
Don Acuña y el pibe van caminando juntos por Lomas, quieren ir hasta un bar de Temperley a cumplir con el ritual semanal de encontrarse y compartir anécdotas de sus vidas, pasan por la puerta de un colegio y Don Acuña pregunta:
-¿Pibe, conociste al Pirulinero de Lomas?
El pibe se entusiasma frente a la pregunta y dice:
-Claro Don Acuña, quién no lo conoció, un tipo increíble, ¿Cómo se llamaba?
-Don Acuña dice: – No importa Pibe cómo se llamaba, Carlitos dicen algunos, Domingo Di Nardo, aseguran, pero lo importante no es el nombre como le pasa a los grandes hombres. Alguna vez le hicieron un homenaje en el Concejo Deliberante de Lomas. Existen en las redes sociales páginas que lo recuerdan y quieren hacer un monumento de él.
El pibe con cierto orgullo comenta: -Claro, Don Acuña, el gran hombre – mito de los pirulines, era que todo el mundo lo conocía, ahora que pasó el tiempo, todo el mundo lo conoció, cuando refiero a todo el mundo, digo varias generaciones de niños y jóvenes lo conocieron y hasta comentan haberlo visto en distintos lugares en los mismos horarios, por ejemplo a la salida de los colegios o en el Parque Municipal de Lomas. Era parte de la vida cotidiana, él parado con un porta pirulines al grito de –¡Lloren chicos, lloren, así les compran pirulines!. Y nosotros desesperados en la salida del colegio buscando el color del pirulín que ya habíamos pensado que le íbamos a comprar, juntando monedas y vueltos. Sospecho que todos tenían el mismo gusto, pero era atractivo ver los ojitos del Pirulinero cuando le pedíamos un determinado color, incluso nos decía si eramos de tal o cual equipo de fútbol por los colores elegidos.
-Acuña retoma la palabra: – Mirá Pibe, a mi me parece bien que se lo recuerde y se la hagan homenajes, es cierto que varios colegios a la vez disputan el hecho de haberlo tenido en la salida de los chicos, en la vuelta a sus casas, me impresiona eso, que si hablás con alguien de un colegio privado o de uno estatal o lo que fuera, todos aseguran haberlo visto, y no una sola vez, varias veces, también circulaba por la Plaza Grigera y podríamos seguir enumerando lugares. Cuando digo que no importa el nombre, cómo tantos hombres de la historia que se los recuerda por sus apodos, digo, esto no es una elegía, ni es un romance, ni un verso, es solo una acción de gracias, es eso, recordarlo, es agradecerle esa presencia dulce en nuestras vidas, no nos corresponde a nosotros hacer una rigurosa biografía de este Buen Hombre, si, nos corresponde recordarlo, hacer que de alguna forma siga presente, mantener su huella. No fue un político, no fue un prócer, no fue un reformista social, fue ni más ni menos que un tipo que vendía pirulínes y que generaba ilusión y esperanza en nosotros, pequeños seres que enfrentábamos a la vida que se nos presentaba, con borradores, lápices, tablas de matemática, manual del alumno bonaerense y aparecía él, y todo de alguna forma se convertía en algo más llevadero, redundantemente dulce, algo más dulce, una esperanza al fin del día, una alegría al mediodía o a la tarde.
El pibe acota: -Además encontrarse con él, luego, en otro lugar y quizás un poco más grandes, generaba inmediatamente un reencuentro con algo querido, con algún familiar que viene de lejos, y también llegué a comprarle pirulines cuando ya no era mi interés la golosina de la tarde, pero lo veía, nos saludábamos como viejos amigos y ahí le pedía que me vendiera pirulínes. Para los chicos decía él.
Acuña baja la cabeza y opina: -Nuestro deseo de dulzura no se acaba con la niñez, Pibe, continúa en otras búsquedas, por eso la figura de este hombre es tan querida en las redes sociales y en la gente que lo recuerda. Eso bello que él hacía, eso bello que representaba para nosotros, la ilusión de salir del colegio y elegir algún color de los pirulines y después comerlo, nos hacía pensar que la belleza estaba cerca, que la esperanza era posible, que los sueños se concretaban.
-Por eso, Pibe, un reconocimiento merece para nosotros en este día este hombre que todo el mundo lo conoció como el Pirulinero de Lomas. Ahora nos sentamos en el bar y me contás la primera vez que lo viste.
El pibe pregunta: -¿Y Usted, Don Acuña, es más grande que yo, alguna vez se paró a conversar con él?
Don Acuña, contesta: – Ahora nos sentamos y te cuento la cantidad de veces que estuve con él
Pablo Pallás