En una tarde que quedará grabada en las páginas doradas del club, Temperley derrotó a Los Andes por 1 a 0 en el Estadio Eduardo Gallardón. En una nueva edición del Clásico del Sur, el equipo dirigido por Nicolás Domingo aguantó la presión, golpeó en el momento justo y festejó una victoria vital que lo posiciona de cara a lo que viene en la Primera Nacional.
Un trámite de dientes apretados
El partido fue lo que se esperaba de un clásico: fricción, nervios y poco espacio para jugar. En la primera mitad, el Milrayitas intentó hacer valer su localía, pero se encontró con una muralla llamada Ezequiel Mastrolía. El arquero del «Cele», que viene siendo figura indiscutida, tapó dos pelotas clave que mantuvieron el arco en cero y la calma en sus compañeros.
Temperley, por su parte, apostó al orden táctico y a las salidas rápidas. Sin Luciano Nieto (quien llegaba entre algodones), el equipo tuvo que redoblar esfuerzos en el mediocampo para contener las subidas del local.
El desahogo llegó sobre la hora
Cuando parecía que el empate sin goles era el destino inevitable del encuentro, llegó la jugada que paralizó el corazón de Lomas. En el epílogo del partido, tras una jugada preparada que nació de un tiro libre, la pelota quedó boyando en el área y fue Lucas Angelini quien, con un remate furioso, infló la red y desató la locura en el banco de suplentes visitante.
Los minutos finales fueron pura resistencia. Los Andes se volcó al ataque con más orgullo que fútbol, pero el Gasolero se abroqueló bien atrás y defendió con uñas y dientes una ventaja que vale mucho más que tres puntos.
Un triunfo para creer
Con este resultado, Temperley no solo se queda con el orgullo de barrio, sino que rompe una racha negativa como visitante y se mete de lleno en la pelea por los puestos de arriba. El «Cele» demostró carácter para jugar este tipo de partidos y ahora recibirá a su gente en el Beranger con el pecho inflado.
Para el Milrayitas, es un golpe durísimo que lo obliga a replantearse el esquema de cara a las próximas fechas, tras perder el invicto en su propia casa ante su eterno rival.