Por Javier Garín (1) Con cuarenta años como abogado penalista, ya no tengo paciencia para soportar las infames mentiras de series como “El marginal” o “En el barro”. Además de ser racistas y llenas de clichés y estereotipos, ROMANTIZAN la vida en las cárceles mostrándola como entretenida, adrenalínica y sexy. Sobretodo cuando exhiben prisioneros mujeres travestis para cumplir la fantasía de espectadores perversos que quieren ver vaginas amontonadas y encerradas.
La vida en las cárceles no es ni entretenida, ni sensual ni llena de aventuras. La vida en las cárceles es ante todo MONÓTONA Y PROFUNDAMENTE ABURRIDA. La mayor tortura que tienen las personas privadas de libertad consiste en el aburrimiento extremo. Es una larga sucesión de días y horas donde no pasa nada ni ven otra cosa que paredes y rejas. Incorporarse a talleres de trabajo y estudio son privilegios codiciados, porque los cupos son pequeños. Las celdas son horribles y hacinadas, salvo algunas cárceles federales.
La parte social de las cárceles consiste en soportar olores corporales, pedos, mal aliento (todos los presos tienen un aliento apestoso porque, al estar encerrados en lugares con poca circulación de aire, se van contagiando las bacterias bucales y no he hablado una sola vez con un preso que no tuviera un aliento pestilente). También, en conversar estupideces para matar el tiempo, y hablar de sus juicios. Ocasionalmente hay alguna pelea pero esto no es tan divertido como muestran las series: implica una sanción disciplinaria y un fastidio considerable.
El sexo consiste en visitas higiénicas cada tanto donde los presos se van sucediendo en una misma cama para poder acostarse con sus esposas y novias el día de visita, salvo las violaciones. Los presos heterosexuales no comparten pabellón con gays o travestis y no anda Cris Miró haciéndoles el service. Cada tanto puede haber alguna violación entre internos pero tampoco es cosa de todos los días. Una cárcel no es una orgía perpetua.
En cuanto a la comida, es un asco. El servicio penitenciario suele robar con la comida, se llevan los productos buenos y los revenden, se roban en primer lugar la carne. Los proveedores también se aprovechan y cobran como buena carne podrida. Comer es una tortura más.
La droga entra y sale como quiere, pero cuesta cara. Todo se paga, no hay nada gratis. Las familias de los presos se desangran para llevarles cosas, alimentos, yerba mate, que pasan por innunerables filtros y choreo. Los días de visita son un suplicio para los parientes, que son revisados de manera humillante y degradante. Las familias se arruinan con gastos interminables. Ningún preso sale mejor, todos empeoran, salvo contadas excepciones.
En la población carcelaria NO HAY BLANCOS. No hay presos de clase media ni ricos. Son todos morochos y pobres. Los que tienen familias con dinero reciben celdas vip, que son la misma porquería pero con algunos privilegios.
En resumidas cuentas: la vida en las cárceles es ante todo un enorme e interminable aburrimiento, una tortura psicológica. Si se enferman los atienden tarde y mal. Se demoran hasta para sacarles una muela. Las mujeres presas no andan extrañando tipos ni intercambiando tortas, lo que generalmente extrañan es a los hijos, porque muchas son madres.
Así que todo es pura mentira en esas series, que muestran las cárceles como una suerte de Gran Hermano de la marginación. Muchas veces he contado estas cosas para chicos adolescentes de la villa que crecen pensando que la cárcel los hace hombres. Tendría que ser muy malo el preso juvenil que no se la pase llorando por las noches en su catre y pidiendo por su mamá cuando nadie lo escucha.
(1) Abogado penalista
