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Literatura: Campamento: De Lomas a Mar del Plata

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Campamento LomasEl bar vuelve a ser la geografía de otro encuentro del Pibe y Don Acuña. Esta vez es el Pibe el que avanza sobre recuerdos felices pero que, inesperadamente, despiertan oscuros recuerdos en Don Acuña. Otro relato de Pablo Pallás para DiarioConurbano.com.

-Te digo sinceramente Pibe, empieza Don Acuña, -envidio realmente a esa gente que agarra tres bártulos, una mochila y una carpa y se van por ahí, ya no me da el cuerpo para eso, y lo hice muchas veces, pero hay como una inocencia vaga de despojarse por un rato de lo cotidiano para pasar a una cotidianeidad precaria que te ayuda a valorar, no sé, las comodidades, lo que tenés. Lo importante es el ser, quién uno es y no las cosas que uno tiene y para eso no necesito irme en carpa para saberlo, pero está lo otro, la solidaridad, el compartir esas pocas cosas que se van juntando en medio de carpas y mochilas.

El pibe agrega, -Don Acuña, -la satisfacción de compartir lo elemental y el alivio de que se regresa y después el goce, el disfrute por la naturaleza, aunque parezca jipy, es la idea, yo también me  fui muchas veces, pero le quiero contar la primera vez que nos fuimos con el colegio, eramos adolescentes

-Dale Pibe, me gusta, te quiero escuchar, Dice Acuña con entusiasmo.

-Un profesor llevaba a todo el curso a la costa, éramos todos de Lomas de Zamora, quiero decir del partido de Lomas, algunos de Temperley, otros de Banfield, otros de Villa Independencia, nos iba guiando un tiempo antes para esa aventura que íbamos a vivir, insisto no a la montaña, sino, a acampar a la costa y en invierno. Parecía más una prueba de supervivencia que un encuentro con la naturaleza para disfrutarla.

-El tipo nos iba dando instrucciones de lo que allí haríamos, de lo que necesitábamos llevar, de nuestra conducta, de nuestras tareas. Y como íbamos a estar con él y otro adulto, Ellos iban a tener la autoridad de nuestros padres frente a nosotros, iban a ser como nuestros padres en esos días de aventura.  Él nos cuidaba y nos marcaría el camino que podíamos andar y  así tomamos como adolescentes nuestro primer campamento.

-Lleve hasta dos gorras superpuestas, un pasamontañas y otra gorra de lana arriba, una camiseta de friza que me regalo mi abuelo y abrigo mucho abrigo.

-Por supuesto había motivaciones extras para ir, no sólo el paisaje, estar con los compañeros, las trasnochadas entre adolescentes, sino también la chica que me gustaba y que me gustó durante muchos años, que durante esos cinco días de viaje creo que cruzamos dos palabras, tengo una foto que guardo con mucho afecto en la que estamos todo  el grupo y yo salgo mirándola a ella.

-A medida que íbamos viajando fui descubriendo otras cosas, cuando llegamos era tal el frio que terminamos todos durmiendo no en carpas sino en una casa de un amigo del profesor que se la prestó por si había mal tiempo. En una cama matrimonial dormíamos cuatro adolescentes inquietos, que se corrían de un lado a otro las frazadas durante la noche y cuando la cosa se ponía espesa, alguno de los cuatro terminaba en el piso, chocando con alguien que ya estaba durmiendo en el piso porque le había tocado como castigo.

-Recuerdo el relajamiento de la disciplina que había impuesto este profesor, que era imposible mantener y controlar en un grupo de treinta adolescentes furibundos. De todas formas el miedo, el falso respeto y  el cuidado que le teníamos a él pesaba sobre nosotros. Pero así y todo uno de mis compañeros se las ingenió para llevar una petaca de una bebida alcohólica y cigarrillos, cosas que estaban prohibidísimas allí y que algunos trasgredimos con disimulo para no alertar a nuestro cuidador.

-Nos reuníamos por la noche a escuchar historias que nos contaba el profesor, eso era divertido, interesante, la noche, el frío y nosotros lejos de casa, haciendo como si fueramos independientes, haciendo como qué estábamos ahí porque queríamos.

-Las comidas eran buenas pero era una especie de batallón pasando a buscar la ración del día, así también las excursiones que hacíamos, lo que llevábamos para comer eran raciones, un pequeño ejército paseando por la costa bonaerense.

– Un día fuimos de paseo a Mar del Plata y lo que recuerdo fue un partido de fútbol en la playa. Otra vez fuimos a caminar a la playa de Santa teresita, y fue lo más bello de ese viaje, el sol tibio de la mañana mientras caminábamos, el barco anclado y desvencijado en la arena, el muelle y Patricia caminando unos metros adelante mío.

-Lomas de Zamora nos recibió con sol y temperatura templada a la vuelta. Me pregunté durante mucho tiempo, hasta que volví a irme en carpa, si todos los campamentos o las salidas en carpa eran así, pequeños escuadrones militares que buscaban la forma de transgredir las reglas impuestas. Por suerte descubrí que no era así.

-En qué año fue eso Pibe, dice Don Acuña

-En el ochenta y dos

-¡Ahhh! exclama Don Acuña,- ahora entiendo todo.

El pibe retruca: -el amor por la libertad y el aprendizaje de lo nuevo, de lo natural no tienen que ver con la época Don Acuña, sino con la mentalidad de alguna gente.

-Si pibe, dice Acuña,- que estaban convencidas de lo que pasaba en alguna época. En fin, tu primera experiencia con la naturaleza es valiosa pibe, sobre todo porque aprendiste que querías ser de otra forma, que no querías ser como esa gente, que querías a pesar de ellos, valorar a tus compañeros y a la naturaleza que descubrías.¿ Y sabés Pibe?, me alegro por eso, te voy a invitar un vino.

El Pibe se ríe con nostalgia, Don Acuña le hace un gesto al mozo, y cambia y piensa rápido qué hay que hablar de otra cosa porque a él lo empieza a invadir un sentimiento más profundo, más doloroso, que tiene que ver con aquellos años y no con sus escapadas en carpa, que en definitiva, fueron siempre una aventura hacia la libertad, pero el Pibe le despertó otros recuerdos, desgarradores, de gente y momentos dolorosos, que no tiene agallas ahora para soportar, ni para compartir con el Pibe.

Por Pablo Pallás


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