Opinión: Tecnópolis, una política pública llena de nombres y rostros

Por Diego Molinas (*) Desde el diez de Julio, día en que recibió a su primer destinatario, el parque sanitario tecnópolis viene siendo un espacio de abrigo y cuidado, para muchos y muchas que vivieron y viven la difícil situación de sufrir en la piel, el dolor de una pandemia que irrumpe en la cotidianidad agudizando dolores y preocupaciones.

 

Es de noche en Villa Martelli, una llovizna suave pero constante hace sentir su complicidad con el viento para darle una sensación de frio a esta madrugada de primavera. En la puerta de Constituyentes alguien golpea las manos, “disculpe la hora, recién salgo del trabajo, la verdad que me siento muy mal, creo que tengo fiebre, no sé qué hacer, a casa no quiero volver, mi mujer tiene diabetes y lo último que quiero es contagiarla si es que tengo el virus este”

 

No es la primera vez que Dario vive esta situación en su horario de guardia, por eso sin dudarlo se pone guantes, antiparras y mascara, apunta el termómetro con forma de pistola a la muñeca del futuro destinatario y efectivamente la temperatura supera los 38, distante pero cercano “el compañero de la puerta” lo acompaña a una carpa que Cruz Roja Argentina acondiciono para este tipo de situaciones, que al principio eran esporádicas, pero hoy son parte del paisaje cotidiano.

 

Pasan unos minutos desde que alguien golpeo las manos en el puesto cinco del predio de Villa Martelli, y como si fuera una escena de una canción de María Elena Walsh, desde la oscuridad de la nocturnidad se ve asomar a un médico en un carrito eléctrico, de barba y con un andar apurado, Juan Cruz es el doctor que salió en varias fotos luciendo en su equipo de protección personal, escrita con fibrón la frase, “La Patria es el otro”

 

El hisopo en manos del profesional le suma un poco de tensión a la escena, “quédate tranquilo Claudio, estas en buenas manos, acá estamos para cuidarte”, después de varias consultas sobre los síntomas, el joven doctor que hace unos años caminaba tierras africanas combatiendo el Ébola, hisopa al laburante oriundo de algún barrio bonaerense, que a partir de ahora deja de ser un numero en la estadística para convertirse en un destinatario del Parque Sanitario Tecnópolis, con rostro, nombre, familia y una vida por cuidar.

 

Muchas veces aquellos/as que llegamos a una guardia con algún dolor hemos escuchado la pregunta “¿del 1 al 10 cuanto te duele?”, ese criterio cuantitativo que en la emergencia ayuda a profesionales a tener una noción concreta del síntoma en quien lo padece, no es aplicable a otras situaciones que generan dolencias imposibles de medir en números, el coronavirus es uno de esos dramas que no tienen medida, y que revelan una gran trama de vulnerabilidades heredadas de políticas públicas frías, deshumanizadas y vaciadoras del estado.

 

La pandemia exigió respuestas que ningún profesional o disciplina tenían, y puso sobre relieve la necesidad de tener una mirada integral sobre lo humano y sus dolores, motivo de esto es que en tecnópolis la mirada interdisciplinaria conjuga a profesionales de la salud, trabajadores sociales, acompañantes terapéuticos/as, psicólogos/as, docentes/as, operadores/as sociales, poniendo en tensión y en valor, los saberes académicos, pero  también los saberes provenientes de la solidaridad,  y de la construcciones comunitarias y sociales.

 

Erica coordinadora de la nave lila, educadora popular y militante social de la zona de José León Suarez entra a la zona roja, vestida de astronauta como ella misma dice, a pesar de llevar ya varios meses trabajando en el dispositivo sigue sin dejar de asombrarse de que muchos de sus vecinos y vecinas puedan por primera vez en su vida acceder a un ámbito de salud pública de calidad, donde además de los talleres culturales y el acompañamiento psicosocial, reciben un trato humano, con  condiciones dignas de alojamiento que incluyen sabanas limpias, ropa limpia, ducha caliente, y espacios de reflexión y recreación, cosas que no suelen ser habituales en la dura vida que se vive en los barrios humildes del conurbano bonaerense.

 

Son las dos de la tarde del martes y un grupo de veintitrés destinatarios/as se preparan para irse de alta, a esa misma hora, Leonardo Argibay sale de zona roja a su descanso, después de pasar por desinfección y bañarse, aprovecha para ir a despedirse de los/as destinatarios/as a los/as que acompaño los últimos catorce días, de lejos se corre el barbijo por un segundo y exclama “¿adivinen quién soy?”, casi al unisonó varias voces responden “Leo camión”.

 

Las medidas de bioseguridad hicieron que, durante estos días, la máscara escondiera el rostro de este trabajador de la salud, que alterna su labor de acompañante terapéutico con su oficio histórico de chofer de un camión de reparto. Leo sabedor de dolores y respuestas colectivas, lleva varios meses dándole pelea a la pandemia, como recompensa la vida le reserva un lugar en el corazón de muchos y muchas que a diario se sanan en tecnópolis.

 

La ambulancia estaciona en el arco grande que da hacia la Avenida General Paz, escoltados por una estatua de San Martin y un dinosaurio gigante, la escena marca para estos veintitrés destinatarios/as que egresan el fin del aislamiento, muy cerca del “diplodocus” de cuello largo los espera Laura, concejal de Vicente López y directora del parque sanitario, cochan los hombros y en una ronda grande comparten las sensaciones de su paso por esta experiencia.

 

Algunos rezongan porque querían quedarse unos días más, otros no pueden disimular la emoción de volver a encontrarse con sus familias, palabras de agradecimientos, risas y alguna que otra lagrima de alegría pintan la tarde de una sensación de victoria , la ronda se desarma, unos suben a la ambulancia para volver a sus afectos, otros caminan hacia dentro del parque para continuar sus labores, unos y otros se quedan con una sensación linda en el costado izquierdo, un pequeño virus que no distingue clases, ni profesión, los encontró para hacer carne una política pública con rostro humano y llena de nombres.

 

(*) Trabajador de Tecnópolis