Opinión: Las Carabelas, el recuerdo de un lugar de encuentros

Por Pablo Pallas (*) La primera vez que me senté en una de sus sillas de madera frente a la vidriera de Acevedo, tenía doce años y era una de nuestras primeras salidas con los compañeros que terminábamos el primario. Con los del secundario nos íbamos para otros lugares –aparentemente- más modernos, pero la esquina estaba ahí. Esperaba. Volvimos por la pizza, por los mozos, por el café, por la comida de paso, porque no-había-dónde-ir a comer.

Crecimos. Las reuniones tenían otro tono, otro pulso. Alargar una conversación, proyectos sobre las mesas, sueños, interminables resoluciones.

Con Alejandro y Gustavo durante varios años todos los doce de octubre nos juntábamos allí a desayunar, no era celebratorio, al contrario, era nuestro pequeño gesto de resistencia antes de que ese día se llamara “de la diversidad cultural”

Con Gerardo infinitas veces alargamos charlas, siempre con alguna amiga que nos acompañaba.

Un reencuentro con el negro Ibarra. El primer encuentro en la zona con Goldenai. El proyecto de diario regional en papel con Alejandro y el Tusi, discutido cientos de veces.

Nunca una primera cita. Para eso, había otros lugares, sí, luego, la charla íntima, de confianza.

La última reunión de una agrupación de jóvenes, en la cual nos habían intervenido la asamblea estatutaria y el único lugar que nos quedó para reorganizar, en realidad para despedirnos, fueron las mesas de la esquina de Boedo y Acevedo.

Un almuerzo con Mara y el comienzo de un taller literario y un proyecto cultural que duraría cuatro años.

El nombre sobrevivió a una nueva empresa y a los embates de los noventa.

El día de la reinauguración, repartían pizza gratis en la puerta y mi amiga Ana me traía porciones a la ventana de la Biblioteca de Inmaculada.

La noche del atentado a la AMIA terminamos llorando allí, un grupo de amigos que habíamos elegido ese día para ir a ver a Dolina a Capital.

Los noventa implacables llegaron con sus plantas de plástico y sus baños confortables, lo primero nos molestaba sobremanera, no era el mismo ambiente, lo segundo nos hizo más confortable los tránsitos por las calles de Lomas.

No parábamos siempre allí. Pero allí estaba. Y cada tanto pasábamos como a saludar, quizás a recordar, que allí también un pedazo de nuestra historia andaba dando vueltas en el salón.

No sé cuánto de importancia tienen estas cosas. Las personas mueren y la vida continúa. Los espacios que cobijaron tantos sueños, si se cierran: ¿Hacen morir un poco a toda la gente que anduvo por allí?

Pienso en Verónica y ese amor perdido, porque fue allí que tomamos un primer café, sin quererlo, escribí más arriba que las primeras citas no eran allí, pero un día, Gerardo se fue, a propósito y nos dejó solos, en Las Carabelas, y nuestro fugaz amor, estaba resguardado en ese salón, que ya no está más. ¿Dónde quedarán tantos acuerdos definidos en esa esquina?

El amor de Verónica fue ligero y pasajero, como los años de Las Carabelas y todos sus momentos. No hay como el tiempo para pasar. No hay como el tiempo, esa sustancia inmanejable para desparramarse y hacernos creer que lo que pasó, fue solo un buen recuerdo, pequeño, eternamente terminado. Porque si bien fueron muchos años de gente, todo es un devenir, que la mayoría de las veces es vertiginoso.

Esto no es una elegía a una pizzería. Es un recuerdo a nuestros encuentros, a nuestros sueños, que tal vez renazcan en forma de esperanza, de cuidado y respeto a esos espacios que marcaron nuestra vida.

 

(*) Docente y escritor lomense.