Un domingo sin fútbol, crónica del homenaje al médico Américo Lagomarsino

A Pablo Pallás y Nicolás Fratarelli

Ayer a la tarde fui a una ceremonia por el cambio de nombre de una plaza. Me había invitado un amigo que era uno de los impulsores del proyecto. Pero me equivoqué de plaza como un forastero atolondrado. Y llegué tarde. Fui a la plaza “Libertad” o “Raúl Alfonsín” y debía ir a la plaza “Portela” o “Laprida”. En fin, demasiados nombres para un domingo tórrido. Luego del primer extravío, el celular me indicó el rumbo a seguir, el sitio exacto al que debía llegar. No soy bueno leyendo mapas pero ya tenía una idea de la dirección de mis pasos. Era lejos; treinta y pico de cuadras desde la estación Lomas. Y era hostil; apenas unas calles separaban a la plaza de la cancha de Los Andes (usted ya se imaginará qué partido me perdí para ir al evento).

La cuestión es que me deslicé bajo el sol de la siesta y llegué casi exánime a destino, gracias a las indicaciones de una vecina que me dijo “mirá que todavía te faltan más de diez cuadras…” Yo respiré hondo, me sequé el sudor de la frente y le comenté que estaba yendo ahí porque la plaza no se iba a llamar más como se llamaba.

  • Ah, ¿sí? ¿y qué nombre le van a poner?
  • El de un doctor muy querido en el barrio.
  • ¿No será el doctor Lagomarsino?
  • Sí, ese mismo.

Luego de este pequeño diálogo, a la señora se le iluminaron los ojos como si hubiera ganado el gordo de Navidad, y comenzó a contarme anécdotas del célebre doctor Américo, que para mí era casi un desconocido. Me dijo que había sido el médico de su familia, que siempre abrazaba causas populares, que era un trabajador incansable, que quería mejorar el barrio, que cuando algún paciente no tenía con qué pagarle lo atendía gratis. Y me contó unas cuántas cosas más que ahora se me escapan. Estaba visiblemente emocionada y se lamentó por no haber sabido antes que al doc lo iban a homenajear justo ese día. Ya se le hacía tarde para ir y tenía otro compromiso, pero me miró y sentenció, acaso en un intento de darme ánimos, “vos apurate, que seguro llegás”. Y yo me apuré.

El resto del camino fui pensando en la vecina y en sus historias. Iba a llegar tarde, eso era seguro, sin embargo ya sabía un poquito acerca del protagonista de todo este asunto.

Como dije antes, la puntualidad se hizo fábula, pero llegué y me senté en un banco a respirar a duras penas. La gente todavía estaba allí contando historias acerca del doctor, de su generosidad, de su bonhomía, de su nobleza. Hubo tango, zumba, poesía, y hasta un gaitero de riguroso atuendo galaico. Los vecinos no paraban de recordar momentos que no hacían más que ratificar lo que ya me había contado la mujer que me puso en vereda. Luego se descubrió una placa con el ilustre nombre en la base del mástil principal. La multitud aplaudía en un gesto conmovedor. Y yo agradecí estar allí, en un territorio que había perdido cualquier traza de hostilidad futbolera.

El sol iba languideciendo y llegó el turno de los grupos de rock. Un final a toda orquesta, a tono con una jornada memorable.

Para volver a la estación me tomé el colectivo 544.

Bueno, me había equivocado de plaza, ¿y qué? Eso le puede pasar a cualquiera. Después de todo, no fue tan grave. Si hasta el mismísimo Colón se equivocó de continente; el baqueano marino genovés nunca se imaginó que había llegado a Américo… digo, a América. Por fortuna, yo sí sé a dónde estuve ayer, a dónde llegué. Tarde, pero seguro.

Por Leandro Alva