Relatos Salvajes, el innegable placer de perder el control

La película de Damián Szifrón es mucho más que un éxito de taquilla. Con una estructura inusual para el cine argentino, ha generado muchas adhesiones y también algunas críticas. Lo único claro es que el film es movilizador y no le permite al espectador ser indiferente.

por Joel Álvarez

Después de un largo tiempo de espera (que tuvo en el medio funciones canceladas, cambios de fecha, paros y huelgas, e incluso denuncias por apología del delito en un marco de controversia poco usual para una producción argentina), el nuevo film Damián Szifrón llegó finalmente este jueves 21 a todos los cines del país: una semana después de lo inicialmente programado por la compañía internacional que distribuye la película (sí, estamos hablando del mismo estudio que llevó a todos los cines del mundo producciones de la talla de Gravity o Argo, la ganadora al Óscar 2012 en la categoría de mejor película), y varios meses luego de su presentación en el Festival de Cannes donde compitió por la Palma de Oro.

A pesar de que no se llevó el codiciado premio, lo cierto es que sedujo en buena medida y despertó interés y admiración tanto sobre el público como sobre la prensa de todo el mundo, donde fue ovacionada durante varios minutos seguidos tras la proyección del metraje. Hechos como éstos, o que se trate de una película argentina que haya reunido más de 3 millones de dólares de presupuesto, dejan de ser detalles de color en el momento que uno ve la película y comprende que Relatos Salvajes es una parte fundamental de un todo que hoy en día no se encuentra en pleno apogeo ni mucho menos en su "edad de oro": el cine argentino.

Podemos estar todos de acuerdo, sin embargo, en que un presupuesto alto no garantiza ni el impacto de los personajes y las situaciones sobre el espectador, ni la efectividad del guión u otros aspectos más profundos sobre la crítica. Es cierto que muchas veces la mejor producción no es aquella que cuenta con un presupuesto desmesurado, ni la que más asientos llena el primer fin de semana en cartelera o la que está basada en una saga de libros multimillonaria, por poner un ejemplo. Pero el hecho de que una película argentina reúna un elenco importante y el respaldo de una productora de peso son claros alicientes para asegurarse una butaca en alguna función para el film o, por lo menos, detalles para despertar interés en cualquier amante del cine.

Relatos Salvajes se encuentra dentro de este panorama, y se vale de todos y cada uno de los notables recursos que posee para brindar un espectáculo, y no un espectáculo cualquiera, sino uno más bien inquietante y efectivo. La película —que posee influencias directas de films y series de televisión como Cuentos asombrosos o Alfred Hitchcock Presents— es una suerte de acumulación de historias cortas, cada una más incómoda y bizarra que la otra, como si de un libro de cuentos se tratase. Son seis cortometrajes que no tienen relación alguna entre sí ni sentido del orden, como cada uno de los argumentos en sí, más allá del sentimiento de liberación que todas las historias proponen: el innegable placer de perder el control.

Es que Relatos Salvajes no es una película que en pocas escenas carece de sentido, sino todo lo contrario. La primera, la más improbable de todas, aunque quizás la más desopilante, sirve como introducción (es presentada incluso antes de los créditos de apertura y no llega a los quince minutos de duración) y advertencia a todo lo que vamos a ver a continuación: cinco historias que comenzarán como cualquier otra pero, por un hecho en particular, poco a poco irán perdiendo el control. Algunas lo harán con más éxito que otras, teniendo cada una de las historias un claro y buscado sentido del humor negro, pero en general ninguna se siente fuera de lugar.

Las ratas es el segundo de los cortometrajes que la película exhibe, y retrata un caso de justicia por mano propia que tiene lugar en un parador de mala muerte en el medio de la ruta. Aquí se dejan ver como protagonistas la particular y siempre bienvenida Rita Cortese, y la joven Julieta Zylberberg, quien es la única actriz entre los actores principales que quizás no está a la altura de los demás y se queda un paso atrás con una interpretación que por momentos parece recitada de memoria. La tercera historia lleva por título El más fuerte, protagonizado por Leonardo Sbaraglia, y muestra un acontecimiento en la ruta tan peculiar como bizarro e incómodo de ver, pero de todas maneras desopilante. Es uno de los cortos que conlleva una mayor participación física de los actores involucrados, y este factor sumado a la capacidad del guión de Szifrón para hacer reír al mismo tiempo que logra incomodar y sorprender, y la espectacularidad con que son manejados los efectos visuales y las cámaras en esta secuencia, hace de ella una de las favoritas del público en general, quizás también por ser indudablemente la más bizarra de las historias aquí contadas.

La cuarta, Bombita, está protagonizada por Ricardo Darín (no hace falta aclarar nada sobre su interpretación) y retrata una clara y explícita sátira social que tiene como único objetivo criticar desde el punto de vista del ciudadano común la sociedad en la que vivimos hoy. El sistema, las injusticias, el constante estrés, las faltas de atención… Originalidad aparte, esta historia puede ser considerada tiene la reminiscencia  de otras películas norteamericanas (el primer caso que se me viene a la cabeza es Un día de furia, la comedia dramática de 1993 interpretada por Michael Douglas) que abordan el mismo tema en cuestión, y si bien no es uno de los mejores cortos de Relatos Salvajes, la actuación de Darín —una vez más— y la impecable edición de Szifrón alejan, y bastante, a la secuencia de ser un fracaso. El quinto episodio de los aquí presentados es el que más descolocado se siente de la estructura general que Relatos Salvajes propone: una historia poco original que tiene como punto de partida un accidente que causa un joven alcoholizado. Éste acude a su padre (increíble Oscar Martínez), quien recurre a su abogado y al jardinero para idear una coartada que puede salir muy, muy mal. Como siempre, lo mejor son las actuaciones y la vuelta de tuerca que le da Sizfrón al guión, sobretodo hacia el final, haciendo todo más interesante.

La última de las historias es la protagonizada por Érica Rivas (a quien, para su desgracia, todos recordarán como la inestable María Elena), y cuenta cómo una mujer se entera de una indiscreta infidelidad de su marido en plena celebración de boda. En este corto es donde, sin dudas, la esencia almodovariana sale a la luz. Es que, por suerte, el español Pedro Almodóvar (La piel que habito, Los amantes pasajeros) figura como co-productor de la película junto a su propio hermano y otros productores. Hasta que la muerte nos separe es el último corto, el más efervescente y el más delirante de todos ellos, y que funciona a todos los niveles por acumulación, de actores estrella, de situaciones límite y de momentos incómodos y oscuramente cómicos, donde la indiscutible protagonista es la novia y con un final que invita a la reflexión: a simple vista parece un final feliz —al contrario de casi todas las historias restantes—, pero sin embargo el final que tuvo pudo haber sido incluso más infeliz que de haber terminado de otra manera. Quizás es por este capítulo que todo en Relatos Salvajes tiene un aire a Mujeres al borde de un ataque de nervios. 

Szifrón se toma el crédito no sólo del guión y de la dirección, sino que es también quien se encarga de la edición de Relatos Salvajes, la cual poco valdría sin la inclusión correcta de este elemento. La escena de apertura de la película (con el tema principal compuesto por Gustavo Santaolalla, al igual que el resto de la música del film) muestra una secuencia perfecta con imágenes de distintos animales representando a cada uno de los actores y el carácter dominante de sus personajes, que se combaten en sus historias a lo largo de la película entre esa dicotomía que viene sirviendo como promoción de la película desde hace varios meses: civilización y barbarie.

¿El mensaje que deja Relatos Salvajes? Cada una de las historias deja uno, y la película a nivel global también lo hace, pero cada uno lo debe interpretar a su manera luego de ver la película (mucha atención a los finales de cada uno de los cortos). 

Por otra parte, toda la parte técnica del metraje es llevada a la pantalla casi con total solidez; tanto que, es la primera película argentina que alcanza dichos estándares de calidez en términos de planos, fotografía y efectos visuales, dignas de una película norteamericana que es la que el público está más acostumbrado a ver en la pantalla grande. Por el lado de la edición, además, Szifrón logra algo que pocas veces es fácil de conseguir: cada corto dura lo que tiene que durar y termina en el momento justo, no sobra ni falta nada.

Es por todo esto que globalmente Relatos Salvajes funciona tan bien. El inquietante, bizarro, cómico y a la par reflexivo guión que propone Szifrón, que se aleja de lo burdo e improvisado que podría haber resultado en manos de otro director, junto a la impecable labor de todos los actores involucrados, las oscuras historias de violencia contenida y humor negrísimo, la capacidad del metraje para llevar esa opresión (y, posteriormente, la detonación de esa opresión) a la pantalla, y en menor medida los efectos visuales y el acompañamiento musical de la película (que por momentos se toma licencias para utilizar clásicos de la música tanto argentinos como internacionales que crean una sensación efectivamente humorística sobre el espectador), logran hacer de Relatos Salvajes una pieza de enorme valor cultural para nuestro país.

Para algunos será incómoda, para otros será un intento de Szifrón de imitar la fórmula del cine de entretenimiento norteamericano, pero lo cierto es que Relatos Salvajes es un thriller que posee un claro y buscado núcleo de humor negro, y tan controvertida, salvaje y a veces carente de sentido como todo lo que propone: no se la puede tomar muy en serio, pero tampoco es fácil alejar los ojos de ella.